Actualidad

  • Jubileo de los reclusos

    6 Noviembre 2016

    Homilía del Santo Padre en la Basilíca de San Pedro con motivo del Jubileo de los reclusos

    El mensaje que la Palabra de Dios quiere comunicarnos hoy es ciertamente de esperanza. Uno de los siete hermanos condenados a muerte por el rey Antíoco Epífanes dice: «Dios mismo nos resucitará» (2M 7,14). Estas palabras manifiestan la fe de aquellos mártires que, no obstante los sufrimientos y las torturas, tienen la fuerza para mirar más allá. Una fe que, mientras reconoce en Dios la fuente de la esperanza, muestra el deseo de alcanzar una vida nueva. Del mismo modo, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús con una respuesta simple pero perfecta elimina toda la casuística banal que los saduceos le habían presentado. Su expresión: «No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos» (Lc 20,38), revela el verdadero rostro del Padre, que desea sólo la vida de todos sus hijos. La esperanza de renacer a una vida nueva, por tanto, es lo que estamos llamados a asumir para ser fieles a la enseñanza de Jesús. La esperanza es don de Dios. Está ubicada en lo más profundo del corazón de cada persona para que pueda iluminar con su luz el presente, muchas veces turbado y ofuscado por tantas situaciones que conllevan tristeza y dolor. Tenemos necesidad de fortalecer cada vez más las raíces de nuestra esperanza, para que puedan dar fruto. En primer lugar, la certeza de la presencia y de la compasión de Dios, no obstante el mal que hemos cometido. No existe lugar en nuestro corazón que no pueda ser alcanzado por el amor de Dios. Donde hay una persona que se ha equivocado, allí se hace presente con más fuerza la misericordia del Padre, para suscitar arrepentimiento, perdón, reconciliación. Hoy celebramos el Jubileo de la Misericordia para vosotros y con vosotros, hermanos y hermanas reclusos. Y es con esta expresión de amor de Dios, la misericordia, que sentimos la necesidad de confrontarnos. Ciertamente, la falta de respeto por la ley conlleva la condena, y la privación de libertad es la forma más dura de descontar una pena, porque toca la persona en su núcleo más íntimo. Y todavía así, la esperanza no puede perderse. Una cosa es lo que merecemos por el mal que hicimos, y otra cosa distinta es el «respiro» de la esperanza, que no puede sofocarlo nada ni nadie. Nuestro corazón siempre espera el bien; se lo debemos a la misericordia con la que Dios nos sale al encuentro sin abandonarnos jamás (cf. san Agustín, Sermo 254,1). En la carta a los Romanos, el apóstol Pablo habla de Dios como del «Dios de la esperanza» (Rm 15,13). Es como si nos quisiera decir que también Dios espera; y por paradójico que pueda parecer, es así: Dios espera. Su misericordia no lo deja tranquilo. Es como el Padre de la parábola, que espera siempre el regreso del hijo que se ha equivocado (cf. Lc 15,11-32). No existe tregua ni reposo para Dios hasta que no ha encontrado la oveja descarriada (cf. Lc 15,5). Por tanto, si Dios espera, entonces la esperanza no se le puede quitar a nadie, porque es la fuerza para seguir adelante; la tensión hacia el futuro para transformar la vida; el estímulo para el mañana, de modo que el amor con el que, a pesar de todo, nos ama, pueda ser un nuevo camino… En definitiva, la esperanza es la prueba interior de la fuerza de la misericordia de Dios, que nos pide mirar hacia adelante y vencer la atracción hacia el mal y el pecado con la fe y la confianza en él. Queridos reclusos, es el día de vuestro Jubileo. Que hoy, ante el Señor, vuestra esperanza se encienda. El Jubileo, por su misma naturaleza, lleva consigo el anuncio de la liberación (cf. Lv 25,39-46). No depende de mí poderla conceder, pero suscitar el deseo de la verdadera libertad en cada uno de vosotros es una tarea a la que la Iglesia no puede renunciar. A veces, una cierta hipocresía lleva a ver sólo en vosotros personas que se han equivocado, para las que el único camino es la cárcel. No se piensa en la posibilidad de cambiar de vida, hay poca confianza en la rehabilitación. Pero de este modo se olvida que todos somos pecadores y, muchas veces, somos prisioneros sin darnos cuenta. Cuando se permanece encerrados en los propios prejuicios, o se es esclavo de los ídolos de un falso bienestar, cuando uno se mueve dentro de esquemas ideológicos o absolutiza leyes de mercado que aplastan a las personas, en realidad no se hace otra cosa que estar entre las estrechas paredes de la celda del individualismo y de la autosuficiencia, privados de la verdad que genera la libertad. Y señalar con el dedo a quien se ha equivocado no puede ser una excusa para esconder las propias contradicciones. Sabemos que ante Dios nadie puede considerarse justo (cf. Rm 2,1-11). Pero nadie puede vivir sin la certeza de encontrar el perdón. El ladrón arrepentido, crucificado junto a Jesús, lo ha acompañado en el paraíso (cf. Lc 23,43). Ninguno de vosotros, por tanto, se encierre en el pasado. La historia pasada, aunque lo quisiéramos, no puede ser escrita de nuevo. Pero la historia que inicia hoy, y que mira al futuro, está todavía sin escribir, con la gracia de Dios y con vuestra responsabilidad personal. Aprendiendo de los errores del pasado, se puede abrir un nuevo capítulo de la vida. No caigamos en la tentación de pensar que no podemos ser perdonados. Ante cualquier cosa, pequeña o grande, que nos reproche el corazón, sólo debemos poner nuestra confianza en su misericordia, pues «Dios es mayor que nuestro corazón» (1Jn 3,20). La fe, incluso si es pequeña como un grano de mostaza, es capaz de mover montañas (cf. Mt 17,20). Cuantas veces la fuerza de la fe ha permitido pronunciar la palabra perdón en condiciones humanamente imposibles. Personas que han padecido violencias y abusos en sí mismas o en sus seres queridos o en sus bienes. Sólo la fuerza de Dios, la misericordia, puede curar ciertas heridas. Y donde se responde a la violencia con el perdón, allí también el amor que derrota toda forma de mal puede conquistar el corazón de quien se ha equivocado. Y así, entre las víctimas y entre los culpables, Dios suscita auténticos testimonios y obreros de la misericordia. Hoy veneramos a la Virgen María en esta imagen que la representa como una Madre que tiene en sus brazos a Jesús con una cadena rota, las cadenas de la esclavitud y de la prisión. Que ella dirija a cada uno de vosotros su mirada materna, haga surgir de vuestro corazón la fuerza de la esperanza para vivir una vida nueva y digna en plena libertad y en el servicio del prójimo.

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  • ¿Nos sobran los santos?

    3 Noviembre 2016

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Sin negar la posibilidad de vivir la fiesta del 1 de noviembre llenándola de máscaras que parecen reírse de la muerte de manera desenfadada o de temor y desesperanza en la que no cabe la fe en la resurrección de los muertos, la Iglesia Católica abre el mes de noviembre con la gran fiesta de Todos los Santos. La liturgia de este día ha sido un cántico de alabanza a Dios que en sus elegidos ha obrado la maravilla de la santificación. Respondiendo valientemente a la llamada de Dios, los santos gozan del premio eterno, son intercesores nuestros, ejemplo de fidelidad y fortaleza para nuestra debilidad e igualmente para nuestro deseo de ser cristianos de verdad. Los santos vencen y convencen. La Sagrada Escritura una y otra vez el recuerdo de “nuestros padres”, los antepasados. Son los santos del Antiguo Testamento –Abrahán, Isaac, Jacob, José, David, Tobías, Job-, son presentados, también por el Nuevo Testamento, como ejemplo de fidelidad, de perseverancia, como ánimo para la paciencia y la lucha. Por esta razón, los cristianos no hacemos, pues, la víspera del 1 de noviembre una parodia de la muerte, con manifestaciones no precisamente bellas de un aquelarre de cadáveres o escenas de miedo, que no sé si dan ganas de reír o llorar por la banalidad a la que se somete la muerte. Preferimos fijarnos en el triunfo y la alegría que la vida de resucitados trae en nuestras vidas por Jesucristo, triunfante en sus santos. Si preguntáramos a la gente: ¿qué espera usted de la muerte?, muchos contestarían: “Nada”. Pues no es así entre los cristianos. La prueba es que el día 2 de noviembre y todo este mes, ofrecemos por los fieles difuntos, los nuestros, sufragios, oraciones y sobre todo, la Santa Misa. Es que creemos que Jesucristo ha resucitado y pedimos en noviembre y en todo tiempo por nuestros hermanos que durmieron con la esperanza de la Resurrección. “El máximo enigma de la vida humana es la muerte –decía hace 50 años el Concilio Vaticano II-. Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre (…) Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte” (Gaudium et spes, 18). Poco a poco Dios ha ido revelando el significado de esa realidad que es la muerte hasta llegar a la revelación definitiva, pero no por eso menos misteriosa, en y por la resurrección de Jesucristo. Todo lo que podemos decir en cristiano acerca de la muerte lo debemos referir a la muerte de Cristo. En ella advertimos una dimensión personal, ya que Cristo asumió libremente la muerte, una dimensión comunitaria puesto que Él murió por nosotros, por todos los hombres y una relación con la misma muerte porque Él triunfó totalmente sobre su poder. Si nos fijamos bien en los funerales cristianos, la esperanza cierta de la Resurrección es uno de los temas tratados con más fuerza. Las lecturas bíblicas, las antífonas y las oraciones constantemente expresan la confianza en la resurrección de los muertos. El mismo enterramiento esconde este significado profundo: la Iglesia deposita el cuerpo del difunto en las entrañas de la madre tierra, como el agricultor siembra en el surco la semilla, con la esperanza de que un día renacerá con más fuerza, convertido en un cuerpo transfigurado y glorioso (cfr. 1Cor 15, 42-49). Este rito simbólico nada tiene que ver con la fealdad de Halloween, una parodia de lo que es la muerte con fines consumistas. Nada tenemos en contra de desfiles de máscaras, de fiestas o encuentros y visitas de acá para allá, pero esa manera de entender la muerte nada tiene que ver con la esperanza cristiana y la fe en la resurrección de los muertos. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • Nuestra sociedad civil

    28 Octubre 2016

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Nuestra sociedad española y toledana sin duda tiene muchos problemas y pasa por una crisis no sólo de valores, sino sobre todo de virtudes, que poseídas por hombres y mujeres concretos impulsen a los demás a conductas virtuosas, hacia el bien común. Hay demasiada arrogancia, demasiada corrupción, excesivo apoderarse de lo ajeno y buscar sólo el propio interés. Pero seríamos injustos si pensáramos que todo está mal en nuestra sociedad y que no hay esperanza; que ya no hay hombres y mujeres que sean capaces de esforzarse por los demás, de arriesgar su vida por causas justas, que trabajan en la sombra haciendo el bien, sin alharacas, sin buscar recompensas. Me permito indicarles que observen a su alrededor. Creo que verán que hay mucha gente que merece la pena. No hace muchos días, me decía una persona que hay gente magnífica en la llamada “sociedad civil”. Lo afirmaba a propósito del buen hacer y el ejemplo estupendo de bomberos de Talavera de la Reina en cómo ejercieron su cometido en el reciente derrumbe de un tiempo parroquial en esa ciudad, con gestos muy de agradecer. Pero lo mismo hacen otros bomberos en ocasiones parecidas o en catástrofes en España o fuera de ella. Otros ejemplos podrían mostrarse de miembros de los cuerpos de seguridad del Estado, que ustedes sin duda conocen. Y en el mundo de voluntariado estos gestos se pueden multiplicar hasta el infinito. Estoy hablando de personas sencillas de nuestro entorno, sin especificar si son católicos o no. Yo conozco tantos hermanos en nuestras comunidades parroquiales que son coherentes con la fe que profesan. Por supuesto, y que nos dan cada día una lección de amor a los más necesitados. En absoluto creo yo que la fe impida el ser virtuoso; al revés, la fe y el amor cristiano da un enorme impulso para mover a esta sociedad nuestra al bien. Pero ahora estoy hablando en general, de tanta gente buena que son un verdadero aldabonazo a nuestra conciencia egoísta y que no duda en ayudar y dar ejemplo. ¿Por qué, entonces, existe tanto pesimismo entre nuestros contemporáneos? No hay una sola causa; hay muchas. Ahora aludiremos a alguna de ellas. Pero quiero referirme ahora a otro asunto: yo sé que el pecado es una realidad con la que no cuentan muchos de los agentes sociales influyentes en nuestro mundo a la hora de resolver problemas, pero el ser humano tiende al bien, tiene nostalgia de él; se mueve por amor, aunque sea por caminos en ocasiones torcidos. No busca el mal por el mal. Por eso es tan importante que haya padres que den ejemplo a sus hijos y profesionales que sean honrados, buenos sacerdotes que sirvan a sus fieles y a quienes no lo sean, buenos profesores que saquen de sus alumnos cuanto bueno tiene éstos en su interior. Por eso igualmente es tan importante que los políticos, o la sociedad política, den buenos ejemplos, sean virtuosos. Sí; ser virtuoso no significan que tengan que ser católicos practicantes. Ya nos gustaría, si ellos lo desearan. No se asusten, que no estoy diciendo que haya partidos católicos, que respondan a las expectativas en todo de los discípulos de Cristo, sino que haya católicos en los partidos. Estoy diciendo que los hombres y mujeres que se dediquen a la noble tarea de la política, de la vida pública, deben ser virtuosos, sin doble cara, sin doble vida, dando ejemplo de servicio a los demás. ¿No lo son los actuales? No soy quien para emitir ese juicio de ninguna persona en particular, pero la clase política debe aprender la lección de estos últimos años, de estos últimos meses. Les necesitamos, pero para que sirvan a la sociedad y no a ellos y a sus partidos o ideologías. Bastantes han sido los malos ejemplos y las malas costumbres a la hora de tratar de resolver los verdaderos problemas. Yo pido a Dios por ellos. Precisamente porque son necesarios y tanta gente buena sigue esperando. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

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Redifusión para América y Asia

Redifusión de los programas de producción propia a partir de las 19:00h, (en horario de Miami) y de las 8:00 h. (en horario de Tokio) una de la madrugada en España.





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