Actualidad

  • Navidad y Epifanía: Una fiesta cristiana

    5 enero 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Ya estamos acabando esta Navidad, que es una fiesta y un tiempo. Con la celebración del Bautismo del Señor, en efecto, acaba este ciclo litúrgico que constituye un segundo polo de celebraciones del Señor, pero que, en realidad, inicia el gran Misterio pascual de Cristo muerte, sepultado, resucitado y ascendido a los cielos. Espero que hayan sido estas fiestas días entrañables para nuestros lectores, en torno a ese Niño Dios, que se manifiesta a pastores, Magos y a cuantos quieran aceptarle como Salvador, Mediador entre Dios Padre y nuestra humanidad. Pero un año tras otro la ambigüedad y las ideas pocos claras, la tergiversación y, por qué no decirlo, la ignorancia aparece en toda la puesta en marcha de esta fiesta de Navidad y Epifanía: alumbrado de calles, plaza y árboles sin indicación alguna de qué celebramos; profusión de ofertas de regalos que traen no se sabe si Papa Noel, Santa Claus o los Magos el 25 de diciembre o el 6 de enero. Los Magos, desde luego, trajeron regalos a Jesús Niño, cuando le adoraron en Belén con María y José. Con mucha frecuencia la publicidad masiva hace de estas figuras de Navidad personajes míticos, cuando se sabe bien, por ejemplo, que san Nicolás, obispo de Mira, actual Turquía, está detrás de Papa Navidad/Santa Claus, pues el 6 de diciembre, su memoria litúrgica, se acostumbraba a regalar a los niños chuches y otros dulces porque ya se acercaba la Navidad. Y los Magos sencillamente son unos sabios que ante una estrella observada más brillante llegan de Oriente buscando al Niño que ha nacido, se postran ante Él y le dan unos regalos un tanto curiosos: oro, incienso y mirra. Pero hace ya tiempo que ha surgido otro tipo de “celebraciones”, que evitan la iconografía cristiana de belenes o nacimientos, estrella que guía a los Magos. Otras veces, se convierte a estos en personajes camuflados, que aportan magia (¿engañando a los niños y adultos que se dejan?). Lo hacen concejalías de festejos y la idea que explican es que toda fe religiosa no puede exhibirse en el espacio público, y sin renunciar a la tradición, la tradición cristiana ha de camuflarse. No sea que se enfaden aquellos intolerantes que juzgan como ofensa que otros expresen claramente su verdad. Y hay más: para aquellos que no creen en nada ni en nadie, estas concejalías piensan que hay que celebrar algo, porque en Navidad no están “protegidos” de los creyentes, que creen y pretenden mostrar su “tradiciones” en el ámbito público, y la Navidad es de todos. ¿Qué celebrar entonces? Por ejemplo, el solsticio de invierno, y por eso la luz, las fiestas de fantasía, etc. Esos sí, estos festejos, se pagan con dinero público. Se dan, además, razones para ello: las tradiciones evolucionan y, desde que nació Jesús de Nazaret, mucho han cambiado las tradiciones y no es tiempo de hacer siempre lo mismo. A mí no me preocupan este tipo de fiestas que nada o poco tienen que ver con Navidad, porque por aburrimiento morirán y habrá que idear otras. Me molestan que autoridades locales las impongan porque ellos no creen en Cristo o entienden la Navidad cristiana como una “tradición” al lado de otras. El Nacimiento de Cristo no es una tradición; es un hecho histórico narrado, por cierto muy bien, por los evangelistas Mateo y Lucas. Si no se quiere celebrar esta fiesta cristiana, nadie tiene que obligar a ello. Los cristianos no somos tan cretinos como para asustarnos porque no digan los evangelistas qué día exacto nació Jesús de Nazaret. Pero nació un año concreto que coincidía con un año concreto de la fundación de la ciudad de Roma (“Ab urbe condita”). Lo importante no es si nació en invierno o en verano, pero sí en Belén de Judá. Pretender una Navidad laica (=laicista) como única forma de hacer efectivo el principio de no confesionalidad del Estado se aleja de la realidad. En todo el mundo, y también en la práctica totalidad de las naciones occidentales de tradición cristiana celebran oficialmente el 25 de diciembre (o el 6 de enero) la Navidad y muestran signos externos de esta fiesta cristiana. Los que quieren que Navidad se celebre desprovista de toda simbología religiosa cristiana, están evitando que esos iconos de la Navidad cristiana desparezcan de nuestra tradición cultural. Con alegría, paz y deseos de ser mejor persona he celebrado Navidad. Estoy seguro que ustedes también, y están dispuestos a celebrarla en años venideros. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

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  • Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

    2 enero 2017

    Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    No deja de ser un espectáculo llamativo ver cómo las ciudades europeas reforzaron su seguridad este fin de año y los inicios del 2017 en los lugares de celebración masiva, ante la amenaza yihadista. La amenaza es seria, pues este mal golpea a nuestra Europa en los cuatro puntos cardinales. Es cierto, pero no deberíamos olvidar, al contemplar las imágenes de plazas y lugares de fiesta, otros lugares donde el terrorismo también se ceba, en número aún mayor, con los inocentes, sin posibilidad de defenderse. ¿Cómo se soluciona esta situación deplorable? Queremos y exigimos seguridad. Y es justo. Pero, ¿hay una seguridad absoluta, incluso aquí en Europa, con los enormes medios de que dispone el Estado? Creo que no. Además, reitero, hay que pensar también en otras latitudes, donde muchísima gente se encuentra mucho más expuesta al impacto bestial de la violencia, que es siempre, en el fondo, nihilista. ¿Cómo solucionar de forma efectiva toda esta violencia? Nadie duda que el combate contra el terrorismo yihadista tiene una dimensión policial y militar. Pero, ¿basta con estas medidas? Estoy convencido de que no. Tampoco parece que lo esté el Papa Francisco, que nos ha escrito el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz nº 50. El Papa dice que se exige nuestra colaboración, nuestro concurso como protagonistas de este momento de la historia de la paz. Hay que construir una cultura de la vida, de la justicia y de la paz para 2017. Es un empeño cotidiano en los lugares donde vivimos: en la vida familiar, en nuestros barrios y pueblos, en el lugar de trabajo, en el modo de vivir el tiempo libre y el ocio, y, por supuesto, en el debate político y social, así como en la educación que proponemos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. No bastan, pues, los tanques, las armas para afrontar la cultura de la muerte, la violencia insoportable del terrorismo. Entre nosotros, por desgracia, la cultura de la vida brilla un poco por su ausencia. Debemos agradecer a las fuerzas de seguridad del Estado, a sus hombres y mujeres, su sacrificio y el riesgo que corren para defendernos. Pero todos estamos inmersos en esta batalla. ¿Y qué dice el Papa? Dice con claridad que la paz es la línea única y verdadera del progreso humano. No las tensiones de nacionalismos ambiciosos, ni las conquistas violentas, ni las represiones de un falso orden civil. Cita él a Pablo VI, que advirtió del “peligro de creer que las controversias internacionales no se pueden resolver por los caminos de la razón, es decir, de las negociaciones fundadas en el derecho, la justicia, la equidad, sino sólo por las fuerzas espantosas y mortíferas” (Mensaje para la I Jornada de la Paz en 1968). Pero también cita a Juan XXIII cuando exaltaba “el sentido y el amor de la paz fundada sobre la verdad, sobre la justicia, sobre la libertad, sobre el amor” (encíclica Pacem in terris). Segú el Papa Francisco, impresiona la actualidad de estas palabras, urgentes hoy como hace 50 años. Y lo que propone para nuestra reflexión es considerar la no violencia como un estilo de política para la paz, y pide a Dios que se conformen a la no violencia nuestros sentimientos y valores personales más profundos. Que la caridad y la no violencia guían el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. Para eso hay que vencer la tentación de la venganza. Tarea harto difícil. ¿Cómo es que propone el Papa Francisco este modo de resolver el terrible problema de la violencia yihadista o de cualquier otro tipo? ¿No es un modo iluso de proceder o proponer? Estoy seguro que muchos políticos y agentes sociales, economistas incluidos, lo piensan. ¿y qué piensas tú, yo mismo, ustedes, nosotros? Lean lo que dice el Papa; debatan cómo se producen en países y continentes el terrorismo, la criminalidad y ataques armados impredecibles, los abusos contra emigrantes y las víctimas de la trata; o la devastación del medio ambiente. ¿Con qué fin se hacen estas atrocidades? ¿Consiguen su propósito? ¿Qué es lo que se obtiene con este proceder? Sinceramente: desencadenar represalias y espirales de conflictos letales que benefician sólo a los “señores de la guerra”, que son legión. El Papa recuerda que también Jesús vivió en tiempos de violencia, y propone, lógicamente, su ejemplo, puesto que Él, Jesús, señaló el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz: el corazón del hombre. Perdonar, ofrecer la otra mejilla, amar a los enemigos nos parece muchas veces inverosímil. Pero Él trajo el camino de la no violencia, que siguió hasta el final, hasta la cruz y destruyó la enemistad, como afirma san pablo en Ef 2,14-16. Quien acoge la Buena Noticia de Jesús reconoce su propia violencia y se deja curar por la misericordia de Dios, convirtiéndose a su vez en instrumento de reconciliación. Para muchos la no violencia es entendida como rendición, desinterés y pasividad, pero en realidad no es así. En cualquier caso, ahí está el tema, sin duda muy candente. Yo les pido o les propongo que lean el texto del Papa. Miren si tiene razón o no. Yo creo que sí, pero no porque sea Obispo y he de hacer una defensa corporativista. No, lo creo porque quiero seguir a Jesucristo, el único que cambia los corazones; quiero revestirme de sus sentimientos. Sin duda es un tema apasionante, pero no sé si se debate en profundidad en los círculos donde nos movemos. Espero que así se haga entre los católicos, y mostrar caminos nuevos de paz, como tantos cristianos han hecho a lo largo de la historia y sus avatares. El Papa dice que la Iglesia Católica acompañará toda tentativa de construcción de la paz con la no violencia activa y creativa. Que todos deseemos la paz; y la construyamos cada día con pequeños gestos, pues muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de intentar edificarla. Lo ponemos en manos de Santa María, Reina de la Paz, Madre de Cristo, cuya fiesta celebramos en este primero de enero. Feliz Año. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo. Primado de España

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  • Elevar un himno de acción de gracias

    29 diciembre 2016

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Les invito, queridos lectores, a una acción de gracias al Señor por tantos dones que nos ha dado en 2016; mi invitación quiere igualmente dirigirse a nuestro Dios y a abrirse a todo cuanto nos otorgue Él en 2017. Dios nos ha regalado sobre todo su Gracia en persona, esto es, el Don viviente y personal del Padre, que es su Hijo predilecto, nuestro Señor Jesucristo, nacido de la Virgen María. Precisamente esta gratitud por los dones recibidos de Dios en el tiempo que se nos ha concedido vivir nos ayuda a descubrir un gran valor inscrito en el tiempo, esa dimensión de nuestra vida siempre misteriosa para nosotros. Marcado el tiempo en sus ritmos anuales, mensuales, semanales y diarios, está habitado por el amor de Dios, por sus dones de gracias; de este modo es tiempo de salvación. Es que el Dios eterno entró y permanece en el tiempo del hombre. Cuando la persona de Jesús, en efecto, entró y permanece en el mundo, entró y permanece en el tiempo de los hombres y mujeres como Salvador de mundo. Con mucha fuerza nos lo recuerda san Pablo: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo… para que reviéramos la filiación adoptiva” (Gál 4,4-5). Tal vez con los ruidos y costumbres del fin de año (Nochevieja) no hemos entrado en la hondura de lo que supone para nosotros que el Eterno entre en el tiempo y lo renueva de raíz, liberando al hombre del pecado y haciéndolo hijo de Dios. Por eso estamos tan despistados a veces, envueltos en comidas y “bebidas”, fiestas y regalos, que no llenan el corazón. Ya “al principio”, o sea, con la creación del mundo y del hombre y la mujer, la eternidad de Dios hizo surgir el tiempo, en el que transcurre la historia humana, de generación en generación. Ahora, con la venida de Cristo y con su redención, estamos “en la plenitud” del tiempo. Como pone de relieve san Pablo, con Jesús el tiempo llega a su plenitud, a su cumplimiento, adquiriendo el significado de salvación y de gracia por el que fue querido por Dios antes de la creación del mundo. Sí, hermanos, la Navidad nos remite a esta “plenitud” del tiempo, es decir, a la salvación renovada traída por Jesús a todos los hombres. Nos la recuerda y, misteriosa pero realmente, nos la da siempre de nuevo. Toda Navidad es siempre nueva. Nuestro tiempo humano está lleno de males, de sufrimientos, de dramas de todo tipo. Están provocados por la maldad de los hombres y aquí se incluyen hasta los males derivados de catástrofe naturales. Pero encierra ya a la vez este tiempo, y de forma imborrable, la novedad gozosa y liberadora de Cristo Salvador a lo largo del año. Precisamente en el Niño de Belén podemos contemplar de modo particularmente luminoso y elocuente el encuentro de la eternidad de Dios con el tiempo de los hombres, como expresa con frecuencia la liturgia de la Iglesia. La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí una invitación a nosotros a reencontrar la presencia de Dios y de su amor, que da la salvación también en las horas breves y fatigosas de nuestra vida cotidiana? ¿No es igualmente una invitación a descubrir que nuestro tiempo humano –también en los momentos difíciles y duros- está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más por la Gracia que es el Señor mismo? Decimos a nuestro Dios: “Señor, Tú eres nuestra esperanza, no quedaremos defraudados para siempre”. Quien nos entrega en la Navidad a Cristo, nuestra esperanza, es siempre ella, la Madre de Dios, María santísima. Como hizo con los pastores y hará con los Magos, sus brazos y más aún su corazón siguen ofreciendo al mundo a Jesús, su Hijo y nuestro Salvador. En Él está toda nuestra esperanza, porque de Él han venido para todo hombre y mujer la salvación y la paz. Que Dios en Cristo, que quiso compartir nuestro tiempo, les guie en el nuevo año, para que así sea venturoso. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

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