Actualidad

  • Para los cristianos que no van a misa los domingos

    15 febrero 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    El Obispo escribe a sus fieles con frecuencia; lo hace de modo general; en ocasiones me dirijo a los niños, a los padres, a los mayores o a los enfermos; también a los jóvenes como grupo específico, o a los fieles laicos. Hoy quiero hacerlo a los cristianos que no van a Misa el día del Señor. No es un grupo definido, pero son muchos, sobre todo jóvenes, los que cada domingo no se reúnen con los demás cristianos para celebrar la memoria de Jesucristo, su muerte redentora y la gloria de su resurrección, que es la esperanza de nuestra salvación. ¿Cómo definir esta manera de actuar? Al menos, como chocante, porque desde las primeras comunidades cristianas lo que definía a los seguidores de Cristo era que “perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan (esto es, la Eucaristía) y en las oraciones” (Hechos de los Apóstoles 2, 42). Sin el domingo y la celebración de la Misa en él algo va mal en la vida de esos cristianos, que han querido ser bautizados, celebraron la Confirmación y en una celebración de la Eucaristía recibieron a Jesús por primera vez. De modo que, cuando algunos jóvenes y no jóvenes, que son religiosos y van a Misa, son tachados en esta sociedad “cristiana” casi de estar mal de la cabeza. Se puede creer en los astros, en los adivinos, en la magia blanca o negra, se puede no faltar al “rollo” del viernes o del sábado, pero creer en Jesucristo levanta sospechas. La superstición está mejor vista que la verdadera religión. Es duro, pero es verdad. ¿Qué pensar de este fenómeno que acontece en tantos cristianos? No basta decir, y hay que hacerlo, “la Misa de los domingos es obligatoria bajo pena de pecado mortal”; tampoco vale afirmar “da igual, los que van a Misa muchas veces son peores que lo demás”, porque eso es falso y falaz. Pero realmente en ocasiones no sabemos qué argumentar a los que confiesan “la Misa no me dice nada”, o “voy cuando me apetece”. No. Por ahí no vamos a ninguna parte: ni funcionan los mecanismos de la mera imposición, ni los de castigos o del temor. ¡Cómo me gustaría despertar en los cristianos, sobre todo en los jóvenes, una estima y valoración personal de la Eucaristía dominical como una necesidad para la propia vida! Esa es la cuestión. Y lo primero y principal es desarrollar conscientemente en sacerdotes, educadores cristianos, padres y madres de familia una valoración mucho más positiva de la riqueza inestimable de la Misa dominical. El mal ejemplo de padres, que quieren que sus hijos hagan la primera comunión y no van nunca a Misa ni enseñan a sus hijos a esa celebración, es nefasto. Y es hipócrita. Lo mismo si el mal ejemplo viene de maestros cristianos y catequistas, y de sacerdotes que no resaltan constante y suficientemente la riqueza del Santo Sacrificio. Junto a eso, necesitamos fundamentar la presentación de lo que es realmente la Eucaristía que nos dejó el Señor, para que sean personalmente asimiladas. La Eucaristía es la celebración/conmemoración, y por eso actualización del ofrecimiento de Cristo en la Cruz, acto supremo de adoración a Dios, el mayor gesto de fraternidad y justicia de la historia de los hombres. Y es el acto de Presencia de Cristo con los suyos que, resucitando, vence a la muerte y el pecado y nos abre el camino a la vida plena, eterna, interminable. Y eso sucede en domingo. Nada es comparable al día del Señor y a la Eucaristía que, en domingo o sábado en la tarde, celebra la Iglesia: La Eucaristía salva a la comunidad reunida, a veces empobrecida y colonizada por las ideas y las costumbres de una sociedad de la indiferencia religiosa y del desconcierto. Braulio Rodríguez Plaza, Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • ¿Se puede declarar la guerra al hambre?

    8 febrero 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Se puede y se debe. Es lo que se propuso la UMOFC (Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas) en 1959 y, en 1960, las nacientes Manos Unidas/Campaña contra el hambre afirmaron: “Plántale cara al hambre”, Así lleva muchos años exhortándonos esta ONG católica de voluntarios. Es lógico, porque en la dinámica de la vida de un cristiano, ¿cómo va éste a quedarse simplemente “pasmao”, sin hacer nada ante lo que está cayendo? Cuando hay comida para todos, pero no todos comen; cuando hay derroche, excesivo consumo y uso de alimentos para estos fines que no son alimentar a los hambrientos, ¿qué decir?, ¿qué hacer? ¿vamos a callar? Sería vergonzoso. No es posible. Por eso los voluntarios de Manos Unidas no están quietos y trabajan denodadamente por conseguir dinero, y habilitan medios para llevar a cabo proyectos de desarrollo y alimentación donde hay hambre y podría haber más alimentos, pues es evidente que la madre tierra tiene capacidad de producir mucho más y alimentar a sus hijos, que somos todos, no unos cuantos privilegiados. Pero aquí, en este mundo nuestro, tienen que defender el derecho a la alimentación. Es un derecho que no todos tienen. Este es un derecho a tener acceso, de manera regular, permanente y libre, sea directamente, sea mediante compra por dinero, a una alimentación en cantidad y calidad adecuada y suficiente, que garantice una vida física, psíquica libre de angustias, satisfactoria y digna. Ese es nuestro compromiso. Nada fácil pero necesario. ¡Cuándo entenderán los Estados la necesidad de conseguir a nivel mundial una producción y un consumo sostenibles! Es el destino universal de los bienes; es el bien común, y es una manera que ayuda a que no haya tantas guerras, para que no haya desequilibrios que llevan siempre al conflicto ¿Por qué hemos los católicos de luchar por estas cosas? Primero para que se respete la dignidad de la persona humana como imagen de Dios. Y la pobreza extrema y el hambre no son justas. Y tenemos que decirlo y, en la práctica, hacer cosas concretas, y no sólo lamentarse y sentir lástima, cuando deberíamos sentir vergüenza, como afirmé poco más arriba. Pero “el mercado es el mercado”, te dicen los que producen, grandes o pequeños productores. Más los grandes, sin duda, pues otros más pequeños luchan para sacar adelante su empresa pequeña. Y a mí me parece bien que se aluda a las leyes del mercado, pero ¡cuidado!: mercado no es deforestar y, erosionar la tierra para producir más, aunque se emitan polución a toneladas. Eso no es mercado, es pecado, sencillamente. Tampoco es mercado que los alimentos hayan dejado en buena parte, en lugares concretos de nuestro mundo, de ser comida para saciar el hambre de la persona y se han convertido en un activo financiero más con el que los inversionistas puedan especular para ganar dinero pura y duramente. No es mercado acaparar tierras, destruir insensatamente la biodiversidad, o contaminar ríos y tierras por el uso de productos químicos en proporciones destructivas. Mercado es que todo el mundo pueda vender y no estar condenado a no entrar en los circuitos comerciales, condenando a países y comarcas a no poder poner sus productos y malvenderlos a los que sólo buscan su provecho. Vemos, pues, que el hambre es también cuestión de educación y de radicarse en la fe de Jesucristo, que dice sin retoques que el amor a Dios, primero en la intención, pasa por amar al prójimo, sobre todo al más pobre, que es lo primero en la actuación del cristiano. Termino con un agradecimiento a cuantos son Manos Unidas, a la Comisión Diocesana, a los que más os exigís en esta campaña. Son muchas mujeres y algunos hombres los que forman una red de trabajo y esfuerzo para que esta y otras Campañas consigan su objetivo de sensibilizar a tanta gente que solo se queda en sentir angustia y tristeza cuando ve a gente hambrienta y hambrunas terribles en tantas partes del mundo. También recuerdo a párrocos y rectores de iglesias que la colecta del día 12 de febrero es colecta imperada, es decir, obligatoria y se ha de entregar íntegra a Manos Unidas, por supuesto. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • Peregrinar a la tierra del Señor

    2 febrero 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    En las recientes V Jornadas de Pastoral (Toledo, 13-15 de enero) invitamos al Padre Aquilino Castillo, franciscano en Tierra Santa, para que nos hablara de la situación de los cristianos en Jerusalén y otros lugares de Palestina. Una situación dramática la que padecen muchos de nuestros hermanos cristianos ya sean católicos, ortodoxos y otros miembros de tantas Iglesias cristiana. El padre Aquilino, con muchos años de experiencia en la atención a los católicos de Medio Oriente (Siria, Líbano, Egipto, Jordania, Israel y Cisjordania, explicó, en este contexto de dificultades, lo que significa que católicos de España vayan en peregrinación al país de Jesús y se acerquen a estos hermanos en la fe. Hablemos primero de la repercusión social y económica de la falta de peregrinaciones en la precaria economía de los cristianos de los Santos Lugares: si no hay peregrinaciones, tampoco habría fácil solución para el problema de la disminución de los cristianos allí, en la tierra donde nació el cristianismo, donde nació, creció y murió Jesús. La tentación de abandonar la Tierra Santa y emigrar a otros lugares cada vez es más fuerte entre nuestros hermanos de la Iglesia Madre. Pero también es digno de señalarse que, sin peregrinaciones el vacío y la sensación de que les dejamos solos crece cada día. ¿Podemos ser insensibles a este sentimiento de nuestros hermanos cristianos? Podemos serlo y, de hecho, lo somos, pero esa insensibilidad les duele mucho. Lo he oído de sus propios labios. Las peregrinaciones no son baratas. Es cierto, y muchos católicos no pueden reunir dinero para ir, aunque tantos lo desean. Es verdad, pero muchas veces, junto a la cuestión económica, aparece el miedo a la seguridad, pues la imaginación vuela y los atentados que de tarde en tarde vemos u oímos que acontecen, no retraen. ¿Qué decir sobre este aspecto del tema? Primero de todo: para los peregrinos que viajan a Israel y Cisjordania, hay seguridad y mucha. Tanta como en España si se utiliza el sentido común y se va a donde hay que ir, guiados por los que nos llevan de un sitio a otro. Nosotros, los peregrinos, no somos soldados ni policías: somos peregrinos que son acogidos con respeto y gratitud. No somos sujetos de atentados. El problema económico de lo que cuesta el viaje no se puede ignorar. Pero si hay, en efecto, mucha gente que no pueda hacer ese gasto, también es verdad que en vacaciones son miles y millones de españoles los que viajan y no son viajes baratos. Pero entiendo que cada familia sabe cómo está su casa, y respeto cada decisión personal. Pero, sin duda, lo mejor de una peregrinación a Tierra Santa es la experiencia religiosa que lleva consigo visitar, ver, rezar, entrar en los lugares donde sucedieron los misterios de nuestra Redención. ¡Qué duda cabe que ayuda a encontrase con Jesucristo y su palabras y hechos en los lugares donde estos sucedieron! Esto son –palabras y acciones de Jesús, puestas por escrito– el Evangelio. El texto y el contexto muchas veces se unen y nos proporcionan una alegría grande, una acción de gracias por lo que somos. Tierra Santa no es espectacular como otros lugares del globo, pero pocos lugares llenan más que el país de Jesús, si somos cristianos y tenemos fe. Trascribo una reflexión de un peregrino de muchas veces, hecho en Belén: “Conmovidos interiormente, pienso en los días de mi peregrinación jubilar a Tierra Santa. Vuelvo con la mente a aquella gruta en la que se me concedió la gracia de estar en oración. Beso espiritualmente la tierra en la cual ha brotado para el mundo el gozo imperecedero... Pienso en la preocupación en los Santos Lugares, de modo especial, en la ciudad de Belén, donde, a causa de la complicada situación política, no podrán desarrollarse los sugestivos ritos de la Santa Navidad con la solemnidad acostumbrada. Quisiera que aquellas comunidades cristianas escucharan en esta noche la total solidaridad de la Iglesia entera. ¡Queridos hermanos y Hermanas, estamos con vosotros con una plegaria especialmente intensa!... Desde esta plaza centro del mundo católico, resuene una vez más con renovado vigor el anuncio de los ángeles a los pastores: “Gloria a Dios en las alturas…” +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

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