Actualidad

  • Solemnidad de Santa María, Madre de Dios

    2 Enero 2017

    Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    No deja de ser un espectáculo llamativo ver cómo las ciudades europeas reforzaron su seguridad este fin de año y los inicios del 2017 en los lugares de celebración masiva, ante la amenaza yihadista. La amenaza es seria, pues este mal golpea a nuestra Europa en los cuatro puntos cardinales. Es cierto, pero no deberíamos olvidar, al contemplar las imágenes de plazas y lugares de fiesta, otros lugares donde el terrorismo también se ceba, en número aún mayor, con los inocentes, sin posibilidad de defenderse. ¿Cómo se soluciona esta situación deplorable? Queremos y exigimos seguridad. Y es justo. Pero, ¿hay una seguridad absoluta, incluso aquí en Europa, con los enormes medios de que dispone el Estado? Creo que no. Además, reitero, hay que pensar también en otras latitudes, donde muchísima gente se encuentra mucho más expuesta al impacto bestial de la violencia, que es siempre, en el fondo, nihilista. ¿Cómo solucionar de forma efectiva toda esta violencia? Nadie duda que el combate contra el terrorismo yihadista tiene una dimensión policial y militar. Pero, ¿basta con estas medidas? Estoy convencido de que no. Tampoco parece que lo esté el Papa Francisco, que nos ha escrito el mensaje para la Jornada Mundial de la Paz nº 50. El Papa dice que se exige nuestra colaboración, nuestro concurso como protagonistas de este momento de la historia de la paz. Hay que construir una cultura de la vida, de la justicia y de la paz para 2017. Es un empeño cotidiano en los lugares donde vivimos: en la vida familiar, en nuestros barrios y pueblos, en el lugar de trabajo, en el modo de vivir el tiempo libre y el ocio, y, por supuesto, en el debate político y social, así como en la educación que proponemos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes. No bastan, pues, los tanques, las armas para afrontar la cultura de la muerte, la violencia insoportable del terrorismo. Entre nosotros, por desgracia, la cultura de la vida brilla un poco por su ausencia. Debemos agradecer a las fuerzas de seguridad del Estado, a sus hombres y mujeres, su sacrificio y el riesgo que corren para defendernos. Pero todos estamos inmersos en esta batalla. ¿Y qué dice el Papa? Dice con claridad que la paz es la línea única y verdadera del progreso humano. No las tensiones de nacionalismos ambiciosos, ni las conquistas violentas, ni las represiones de un falso orden civil. Cita él a Pablo VI, que advirtió del “peligro de creer que las controversias internacionales no se pueden resolver por los caminos de la razón, es decir, de las negociaciones fundadas en el derecho, la justicia, la equidad, sino sólo por las fuerzas espantosas y mortíferas” (Mensaje para la I Jornada de la Paz en 1968). Pero también cita a Juan XXIII cuando exaltaba “el sentido y el amor de la paz fundada sobre la verdad, sobre la justicia, sobre la libertad, sobre el amor” (encíclica Pacem in terris). Segú el Papa Francisco, impresiona la actualidad de estas palabras, urgentes hoy como hace 50 años. Y lo que propone para nuestra reflexión es considerar la no violencia como un estilo de política para la paz, y pide a Dios que se conformen a la no violencia nuestros sentimientos y valores personales más profundos. Que la caridad y la no violencia guían el modo de tratarnos en las relaciones interpersonales, sociales e internacionales. Para eso hay que vencer la tentación de la venganza. Tarea harto difícil. ¿Cómo es que propone el Papa Francisco este modo de resolver el terrible problema de la violencia yihadista o de cualquier otro tipo? ¿No es un modo iluso de proceder o proponer? Estoy seguro que muchos políticos y agentes sociales, economistas incluidos, lo piensan. ¿y qué piensas tú, yo mismo, ustedes, nosotros? Lean lo que dice el Papa; debatan cómo se producen en países y continentes el terrorismo, la criminalidad y ataques armados impredecibles, los abusos contra emigrantes y las víctimas de la trata; o la devastación del medio ambiente. ¿Con qué fin se hacen estas atrocidades? ¿Consiguen su propósito? ¿Qué es lo que se obtiene con este proceder? Sinceramente: desencadenar represalias y espirales de conflictos letales que benefician sólo a los “señores de la guerra”, que son legión. El Papa recuerda que también Jesús vivió en tiempos de violencia, y propone, lógicamente, su ejemplo, puesto que Él, Jesús, señaló el verdadero campo de batalla, en el que se enfrentan la violencia y la paz: el corazón del hombre. Perdonar, ofrecer la otra mejilla, amar a los enemigos nos parece muchas veces inverosímil. Pero Él trajo el camino de la no violencia, que siguió hasta el final, hasta la cruz y destruyó la enemistad, como afirma san pablo en Ef 2,14-16. Quien acoge la Buena Noticia de Jesús reconoce su propia violencia y se deja curar por la misericordia de Dios, convirtiéndose a su vez en instrumento de reconciliación. Para muchos la no violencia es entendida como rendición, desinterés y pasividad, pero en realidad no es así. En cualquier caso, ahí está el tema, sin duda muy candente. Yo les pido o les propongo que lean el texto del Papa. Miren si tiene razón o no. Yo creo que sí, pero no porque sea Obispo y he de hacer una defensa corporativista. No, lo creo porque quiero seguir a Jesucristo, el único que cambia los corazones; quiero revestirme de sus sentimientos. Sin duda es un tema apasionante, pero no sé si se debate en profundidad en los círculos donde nos movemos. Espero que así se haga entre los católicos, y mostrar caminos nuevos de paz, como tantos cristianos han hecho a lo largo de la historia y sus avatares. El Papa dice que la Iglesia Católica acompañará toda tentativa de construcción de la paz con la no violencia activa y creativa. Que todos deseemos la paz; y la construyamos cada día con pequeños gestos, pues muchos sufren y soportan pacientemente la fatiga de intentar edificarla. Lo ponemos en manos de Santa María, Reina de la Paz, Madre de Cristo, cuya fiesta celebramos en este primero de enero. Feliz Año. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo. Primado de España

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  • Elevar un himno de acción de gracias

    29 Diciembre 2016

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Les invito, queridos lectores, a una acción de gracias al Señor por tantos dones que nos ha dado en 2016; mi invitación quiere igualmente dirigirse a nuestro Dios y a abrirse a todo cuanto nos otorgue Él en 2017. Dios nos ha regalado sobre todo su Gracia en persona, esto es, el Don viviente y personal del Padre, que es su Hijo predilecto, nuestro Señor Jesucristo, nacido de la Virgen María. Precisamente esta gratitud por los dones recibidos de Dios en el tiempo que se nos ha concedido vivir nos ayuda a descubrir un gran valor inscrito en el tiempo, esa dimensión de nuestra vida siempre misteriosa para nosotros. Marcado el tiempo en sus ritmos anuales, mensuales, semanales y diarios, está habitado por el amor de Dios, por sus dones de gracias; de este modo es tiempo de salvación. Es que el Dios eterno entró y permanece en el tiempo del hombre. Cuando la persona de Jesús, en efecto, entró y permanece en el mundo, entró y permanece en el tiempo de los hombres y mujeres como Salvador de mundo. Con mucha fuerza nos lo recuerda san Pablo: “Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo… para que reviéramos la filiación adoptiva” (Gál 4,4-5). Tal vez con los ruidos y costumbres del fin de año (Nochevieja) no hemos entrado en la hondura de lo que supone para nosotros que el Eterno entre en el tiempo y lo renueva de raíz, liberando al hombre del pecado y haciéndolo hijo de Dios. Por eso estamos tan despistados a veces, envueltos en comidas y “bebidas”, fiestas y regalos, que no llenan el corazón. Ya “al principio”, o sea, con la creación del mundo y del hombre y la mujer, la eternidad de Dios hizo surgir el tiempo, en el que transcurre la historia humana, de generación en generación. Ahora, con la venida de Cristo y con su redención, estamos “en la plenitud” del tiempo. Como pone de relieve san Pablo, con Jesús el tiempo llega a su plenitud, a su cumplimiento, adquiriendo el significado de salvación y de gracia por el que fue querido por Dios antes de la creación del mundo. Sí, hermanos, la Navidad nos remite a esta “plenitud” del tiempo, es decir, a la salvación renovada traída por Jesús a todos los hombres. Nos la recuerda y, misteriosa pero realmente, nos la da siempre de nuevo. Toda Navidad es siempre nueva. Nuestro tiempo humano está lleno de males, de sufrimientos, de dramas de todo tipo. Están provocados por la maldad de los hombres y aquí se incluyen hasta los males derivados de catástrofe naturales. Pero encierra ya a la vez este tiempo, y de forma imborrable, la novedad gozosa y liberadora de Cristo Salvador a lo largo del año. Precisamente en el Niño de Belén podemos contemplar de modo particularmente luminoso y elocuente el encuentro de la eternidad de Dios con el tiempo de los hombres, como expresa con frecuencia la liturgia de la Iglesia. La Navidad nos hace volver a encontrar a Dios en la carne humilde y débil de un niño. ¿No hay aquí una invitación a nosotros a reencontrar la presencia de Dios y de su amor, que da la salvación también en las horas breves y fatigosas de nuestra vida cotidiana? ¿No es igualmente una invitación a descubrir que nuestro tiempo humano –también en los momentos difíciles y duros- está enriquecido incesantemente por las gracias del Señor, es más por la Gracia que es el Señor mismo? Decimos a nuestro Dios: “Señor, Tú eres nuestra esperanza, no quedaremos defraudados para siempre”. Quien nos entrega en la Navidad a Cristo, nuestra esperanza, es siempre ella, la Madre de Dios, María santísima. Como hizo con los pastores y hará con los Magos, sus brazos y más aún su corazón siguen ofreciendo al mundo a Jesús, su Hijo y nuestro Salvador. En Él está toda nuestra esperanza, porque de Él han venido para todo hombre y mujer la salvación y la paz. Que Dios en Cristo, que quiso compartir nuestro tiempo, les guie en el nuevo año, para que así sea venturoso. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

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  • Cantar la Navidad

    22 Diciembre 2016

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    “Hay que cantar la Navidad”, oíamos de pequeños, cuando pedíamos el aguinaldo y nos lanzábamos con nuestras voces a entonar los villancicos que conocíamos, que no eran pocos, algunos de los cuales, recuerdo, tenían letras muy teológicas que unían la Navidad a la Semana Santa, el nacimiento de Jesús a su muerte. Hoy también la gente canta en Navidad, pero menos y, en menor proporción, villancicos navideños. En ocasiones incluso he escuchado que para qué cantar si en nuestro mundo hay dolor, guerra, desamor, egoísmo, persecución por odio. Además, existen aquellos que la Navidad les trae nostalgia o recuerdos de seres queridos que ya no están. Pero hay que cantar. Veamos razones para ello. El evangelio de la Misa de Medianoche (Misa del gallo) nos relata al final que una multitud de ángeles del ejército celestial alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad” (Lc 2,14). La Iglesia ha amplificado en la Gloria esta alabanza, que los ángeles entonaron ante el acontecimiento de la Nochebuena, haciéndola un himno de alegría sobre la gloria de Dios: “Por tu inmensa gloria, te alabamos, te bendecimos, te damos gracias…”. Sí, hermanos, damos gracias a Dios por su belleza, por su grandeza, por su bondad, que en esta noche se manifiesta. La aparición de la belleza, de lo hermoso, nos hace alegres, sin querer preguntarnos por su utilidad. Estamos cansados de hacer cosas meramente útiles, eficaces… y nada más. La gloria de Dios, de la que proviene toda belleza, hace saltar en nosotros el asombro y la alegría. Quien vislumbra a Dios siente alegría, y en esta noche vemos algo de su luz. Sin duda. Pero el mensaje de los ángeles habla también de los hombres a los que se desea la paz. ¿Qué hombres? “Paz a los hombres que Dios ama”. Pero san Jerónimo tradujo esta frase del griego de otro modo: “Paz a los hombres de buena voluntad”. ¿Con cuál nos quedamos? Leámoslas juntas para entender mejor. Sería, por ejemplo, equivocada una interpretación que entendiera que en Navidad solamente se da el obrar de Dios, como si Él no hubiera llamado al hombre y la mujer a una libre respuesta de Dios. Pero también errónea la interpretación moralizadora, según la cual, el ser humano podría con su buena voluntad redimirse a sí mismo. Ambas cosas van juntas: gracia y libertad; el amor de Dios, que nos precede, y sin el cual no podríamos amarlo, y nuestra respuesta, que Él espera y que incluso nos ruega cuando nace su Hijo. El entramado de gracia y libertad, de llamada y respuesta, no lo podemos dividir en partes separadas una de otra. Las dos están indisolublemente entretejidas entre sí. ¿Saben por qué? Porque esta palabra es promesa y llamada a la vez. Dios, en efecto, nos ha precedido con el don de su Hijo. Una y otra vez, nos precede de manera inesperada. Pero no deja de buscarnos, de levantarnos cada vez que lo necesitamos. No abandona a la oveja extraviada en el desierto en que se ha perdido. Dios nos e deja confundir por nuestro pecado. Él siempre vuelve a comenzar con nosotros. Sin embargo, espera que amemos a los demás con Él. Nos ama para que nosotros podamos convertirnos en personas que aman junto con Él, y haya así paz en la tierra. Paz que falta y que es necesaria. Amor que falta, como falta justicia, como falta acercarnos al caído, al más pobre y abandonado, como sobran juicios duros sobre las personas. Curiosamente san Lucas no dice que los ángeles cantaran: solamente que el ejército celestial alababa a Dios. Pero los hombres siempre han sabido que el habla de los ángeles es diferente al de los hombres; que precisamente en esta noche del mensaje gozoso éste ha sido un canto en el que ha brillado la gloria de Dios. Por eso, el canto de los ángeles ha sido percibido desde el principio como música que viene de Dios, más aún, como invitación a unirse al canto, a la alegría del corazón por ser amados por Dios. ¿Queréis uniros a este cántico? Para san Agustín, cantar es propio de quien ama. Os invito a asociaros llenos de gratitud a este cantar de todos los siglos, que une cielo y tierra, ángeles y hombres. Le pedimos al Señor que cada vez seamos más las personas que aman con Él, y que seamos hombres y mujeres de paz. Feliz Navidad para todos. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

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Redifusión para América y Asia

Redifusión de los programas de producción propia a partir de las 19:00h, (en horario de Miami) y de las 8:00 h. (en horario de Tokio) una de la madrugada en España.





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