Actualidad

  • CRISTO NO QUEDÓ MUERTO EN EL CAMINO

    5 abril 2018

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    ¿Recuerdan aquella imagen del Papa Juan Pablo II literalmente desplomado sobre la losa del Santo Sepulcro en su viaje a Jerusalén el año 2000? Los que hemos estado allí en la soledad de la “Anastasis” hemos sentido algo parecido: una oración concentrada y estremecida. La resurrección de Jesús es el núcleo de nuestra fe. En ella descansa toda la arquitectura de nuestra salvación. Creemos precisamente en el Dios que resucitó a Jesucristo, y adoramos a Cristo porque en la resurrección fue constituido en su carne “Señor de cielo y tierra”. Esperamos la vida eterna porque su resurrección es el origen de la nuestra. De modo que un cristianismo sin resurrección, o con la esperanza de la resurrección debilitada por las brumas de la duda, no es la fe cristiana que trajo Jesús, ni el de la Iglesia católica, ni el de los mártires, o los misioneros, ni el cristianismo que nos dejaron nuestros padres. Ser cristiano es vivir con el corazón puesto en los bienes de la resurrección, vivir en este mundo sin ser de este mundo, querer y tratar las cosas con sabiduría, como aquel o aquella que vive un poco metido en la vida eterna. La fe y la esperanza en la resurrección es un ingrediente necesario para la plenitud de la vida humana. Y sin esta esperanza no hay plena libertad ni podemos llegar a reconciliarnos del todo con Dios ni con nosotros mismos. Nuestro mundo, nuestra cultura, nuestras formas de vida más actuales y están precisamente enfermas por falta de esta esperanza. Pero nuestro mundo parece “feliz”, encantado de la vida, anclado aquí en la representación de este mundo; el inconveniente es que la “representación de este mundo se termina” (1 Cor 7,31). En la ausencia del “otro mundo” no hay más remedio que entregarse a las cosas caducas de “este mundo”, por supuesto, con las inevitables consecuencias de toda idolatría: ambiciones, angustias, sometimientos, decepciones, rivalidades, injusticias, conflictos y desesperanzas. Pienso sinceramente que se equivocan los que piensan que Jesucristo quedó muerto en el camino de la historia. Ni quedó muerto Él, ni está muerta la Iglesia, ni lo está la fe de los cristianos. Por el contrario, Jesús resucitado es el futuro, el único futuro humano que existe de verdad delante de nosotros, nuestro propio futuro. ¿Qué futuro y qué progreso se puede construir desde el olvido del verdadero futuro y la idolatría de nuestras propias obras? Los cristianos sabemos que Jesús está vivo, junto a Dios Padre, pero en el corazón del mundo, de nuestro mundo, como fuente de esperanza y de plena humanidad justificada, santificada, salvada de la injusticia y del poder de la muerte, libre para la vida verdadera, en la verdad y en la vida, por los siglos de los siglos. Y de este modo, Cristo es la misericordia de Dios, como nos recuerda este segundo domingo de Pascua, porque no puede negarse a sí mismo y se nos ofrece para el perdón y la reconciliación de los hombres con Dios y entre nosotros. Estamos en Pascua, hermanos cristianos. No calléis esta fe en la resurrección. No debilitéis esta esperanza. No renunciéis a esta vida. En este mundo bueno, porque así lo hizo Dios, pero también lleno de idolatrías y esclavitudes inesperadas, los cristianos tenemos que ser testigos de la verdadera libertad. Es la libertad de los hijos de Dios, los que son libres interiormente para vivir en la verdad y en el bien, viviendo ante Dios una vida justa e inmortal. Contra esto no hay barreras. Os invito, hermanos, a anunciar este mensaje lleno de fuerza: Cristo ha resucitado, Él va delante, para que nos atrevamos a hacer brillar en nuestra vida y en nuestro mundo la vida nueva que nos viene de la Resurrección de Jesús, en la que ya participamos por la vida resucitada de Cristo que recibimos en el Bautismo, cuya renovación hemos hecho en la gran Vigilia Pascual. Ningún tiempo más luminoso que el de Pascua florida, para gozar de la amistad de Dios, de su conocimiento y de su amor. Tenemos que ser verdaderos “testigos de estas cosas”, de esta felicidad. “Es verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón Pedro” (Lc 24,34): el Señor resucitado está con nosotros. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

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  • VENERAR LA PASIÓN DEL SEÑOR

    21 marzo 2018

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Si, en otro tiempo, la muerte suponía un dolor en la vida de los hombres y mujeres con una intensidad que poco a poco se iba viviendo; hoy los medios nos tienen tan habituados a las desgracias y al rostro del dolor, que paradójicamente podemos olvidarnos de esas muertes. Y olvidarnos, incluso, de la muerte de Cristo. De modo que la Semana Santa no pasa a veces de ser para muchos una tradición piadosa que se vive en unos días de descanso, en los que además se degustan platos y postres típicos y se asiste, por pasar el rato, a alguna procesión. La muerte de Jesús y lo que sigue significando para el mundo de hoy y nuestra sociedad se evita cuidadosamente, y no se entra en ella invitándonos a reflexionar, a orar, a un silencio interior. Tampoco es que hayamos avanzado mucho a nivel del gran público, formado en su mayoría por bautizados, en la comprensión adecuada del término “resurrección”, de vital importancia, pues es la otra cara del misterio de la Semana Santa. Por esta razón, el que quiera venerar de verdad la Pasión del Señor debe contemplar de tal manera con los ojos del corazón a Jesús crucificado, que reconozca su propia carne en la carne crucificada de Jesús, pues así nos dispone a adentrarnos en el ya inminente misterio de la cruz, pero, sobre todo nos invita a “experimentar” la misericordia de Cristo en su Pasión, confesando nuestros pecados en la Penitencia y recibiendo su amor comulgando a Cristo Resucitado en la Misa Pascual. Ciertamente, no hay enfermo a quien en estos días le sea negado la victoria de la Cruz, ni hay nadie a quien no ayude la oración de Cristo. Pues si ésta fue de provecho para los que tanto se ensañaban con Él en la Pasión, ¿cuánto más no lo será para los que se convierten a él? Pero para que esto sea posible, es necesario que la ignorancia de la Cruz de Cristo sea eliminada, y se acepte que la sangre sagrada del Señor ha apagado aquella espada de fuego que guardaba las fronteras de la vida en el paraíso, perdido por el pecado. El pueblo cristiano es invitado, pues, en Semana Santa a gozar de las riquezas del paraíso recuperado por la muerte y resurrección de Jesús: está abierto el regreso a la patria perdida para todos, a no ser a aquellos que se cierren a sí mismos ese camino de regreso. No es cualquiera el que padeció por nuestra salvación, es el Verbo de Dios que se hizo carne y puso su morada entre nosotros. ¿Quién hay, pues, entre los hombres y mujeres que no tenga una naturaleza común con la de Cristo? Todos, pero la condición es que aceptemos a Cristo, el que asumió la nuestra. ¿A quién dejó excluido Jesús de su misericordia sino al que se resiste a creer? ¿Y quién hay que no pueda ser regenerado por el mismo Espíritu por el que Él fue engendrado en las entrañas de María? ¿Y quién no reconoce en Cristo, humillado y desechado en su Pasión, su propia debilidad, puesto que Él poseyó la condición humana en toda su realidad y la condición divina en toda su plenitud? Tú le importas a Cristo; por ti sufrió su pasión, para ti resucitó. No dudes que es bueno que experimente en estos días de Semana Santa su salvación; que en las iglesias o en las calles mires al Crucificado. Él por amor entró en Jerusalén con sus discípulos a sufrir su pasión y a ofrecer en la Cruz su persona por la salvación de la humanidad. No desaproveches estos días hermosos y profundos que cambiar la vida y la relación entre los que habitan este mundo. Estoy seguro que encontrarás la paz que Dios da a los que le buscan. Es la renovación pascual, para que nos hemos estado preparando durante toda la Cuaresma, que acaba en la mañana del Jueves Santo, para desembocar en la Pascua de la Resurrección de Jesús, vencedor de su muerte y de la tuya. Feliz Pascua. Os la deseo de todo corazón.  Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • CONOCER EL MISTERIO DE CRISTO

    14 febrero 2018

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Tras los espectáculos del Carnaval, a ritmo de “aprovecha el día”, viene, solo cronológicamente, el comienzo de la preparación de la Pascua, llamada Cuaresma, los cuarenta días que nos proporcionan una nueva oportunidad de poner al día la vida cristiana. Por el Bautismo, en efecto, fuimos incorporados a Cristo y, con la ayuda de su gracia, podemos vencer al Diablo y al mal en toda circunstancia, rechazando el pecado. Desde los inicios, pues, de la Cuaresma, avancemos con Cristo en la seguridad de que el Señor no nos deja solos en esta lucha. El camino cuaresmal que nos enseña Cristo nos conducirá a una vida plena y de mayor felicidad. En este camino cuaresmal, el volvernos a la Palabra de Dios y la contemplación de cualquier acción salvadora de Cristo es motivo de gloria para la Iglesia universal. Pero el máximo motivo de gloria es la cruz y la resurrección del Señor, el Misterio Pascual que conmemoramos en la Semana Santa. El tema siempre nuevo, en estos cuarenta días, es quién me garantiza a mí la felicidad, el sentido de mi vida, de mi enfermedad y de mi muerte. ¿Quién me ayuda en esos verdaderos problemas para el ser humano? Es muy sencillo lo que nos presenta la Iglesia en estos días, cuando nos dice: fue ciertamente digno de admiración el hecho de que el ciego de nacimiento recobrara la vista en la piscina de Siloé (véase el texto de Jn 9); pero, ¿en qué benefició esto a todos los ciegos del mundo? Fue algo grande y más allá de lo natural la resurrección de Lázaro, cuatro días después de muerto (Jn 11,1-44); pero este beneficio le afectó a él únicamente, pues, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo estaban muertos por el pecado? Cosa admirable fue el que cinco panes, como una fuente inextinguible, bastaran para alimentar a cinco mil hombres (Jn 6,1-14); pero, ¿en qué benefició a los que en todo el mundo se hallaban atormentados por el hambre de la ignorancia? Fue maravilloso el hecho de que fuera liberada aquella mujer a la que Satanás tenía ligada por la enfermedad desde hacía dieciocho años (Mc 5,21-34); pero, ¿de qué nos sirvió a nosotros, que estábamos ligados con cadenas de nuestros pecados? En cambio, el triunfo de la cruz iluminará a todos los que padecían y padecemos la ceguera del pecado, nos liberó a todos de las ataduras del pecado, y así redimió a todos los hombres. Porque el que moría por nosotros no era un hombre cualquiera, sino el Hijo de Dios, Dios hecho hombre. En otro tiempo el cordero sacrificado por orden de Moisés alegaba al exterminador; con mucha más razón el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo nos librará del pecado, nuestro gran problema. Si la sangre de una oveja irracional fue signo de salvación, ¿cuánto más salvadora no será la sangre del Hijo ingénito de Dios? Lo que celebramos es la entrega de Jesús hasta dar su vida, porque Cristo no perdió la vida coaccionado ni fue muerto a la fuerza; Él, condenado por el Sanedrín, fue llevado a la muerte, pero voluntariamente, porque Él quiso. Oye lo que dice: “Soy libre para dar mi vida y libre para volverla a tomar”. Fue a la pasión y muerte por su libre determinación, feliz por la gran obra que iba a realizar, gozoso porque, por su triunfo en su resurrección, llegaba la salvación de los hombres. El que sufría no era un hombre vil, sedicioso, sino el Dios humanado, que luchaba por el premio de su obediencia. ¿Querrás tu luchar para ser como Él, dando vida donde no hay vida? Esa es la preparación que hemos de hacer hasta llegar a la Semana Santa y celebrar el Misterio Pascual. Es muy saludable confesar nuestros pecados confesándolos, leer más la Palabra de Dios, celebrar los domingos de Cuaresma con más intensidad, orar al Señor por la conversión de los pecadores y por los que están preparando su Bautismo, los catecúmenos, ofrecer ayunos obras de penitencia, volver el rostro a los más necesitados, perdonar a los que nos han ofendido, hacer el ejercicio del Vía Crucis y, si es posible, un retiro de oración o ejercicios espirituales. Gustar de Dios y de Jesucristo, de su Alianza con nosotros, del perdón de Padre que nos espera siempre.  Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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