Actualidad

  • Monjas y Monasterios

    7 junio 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    En el domingo de la Santísima Trinidad la Iglesia diocesana ora y debe preocuparse por las Monjas de Clausura; también por los Monjes que viven en san Bernardo, monasterio de Ntra. Sra. de Monte Sion en Toledo. Los Monasterios de Monjas son más de 40 en la Diócesis. ¿Cómo preocuparnos por las hermanas que aquí ofrecen su vida por la Iglesia, siguiendo a Cristo Esposo de esa manera peculiar de la vida contemplativa? Sin duda alguna, sería saludable para los católicos conocer los distintos monasterios, porque muchos los desconocen por completo y el desconocimiento lleva consigo no amarlos y no apreciarlos. Habría, pues, que empezar por ahí. Después, urge conocer el “genio” de la vida de los contemplativos. En la Iglesia no todos sus miembros tienen la misma función (cfr. Rom 12, 4); pero, según el Vaticano II, ocupan un lugar eminente “los Institutos destinados por entero a la contemplación, es decir, aquellos cuyos miembros se dedican solamente a Dios en la soledad y el silencio, en la oración constante y la penitencia generosa. En efecto, ofrecen a Dios un señalado sacrificio de alabanza, ilustran al Pueblo de Dios con frutos muy ricos de santidad y lo edifican con su testimonio e incluso contribuyen a su desarrollo a través de una misteriosa fecundidad” (Decreto Perfectae Caritatis, 7). Mientras la realidad de la vida contemplativa no se aprecie en su justo valor, las Monjas nos parecerán siempre personas raras, que llevan una vida extraña, o las tendremos solo por mujeres que rezan a Dios por nosotros y nos resguardan de peligros concretos, como pararrayos contra una supuesta ira de Dios. Son entonces “esas monjitas buenas” que las queremos porque están en mi pueblo, en mi barrio o en mi calle, y se les aprecia. Pero sin entrar ni en las dificultades que tienen, en tantos casos por falta de vocaciones, ni qué tesoro puede perder la Iglesia si no hay vida contemplativa. Frente al “ateísmo práctico” de tantos en nuestra sociedad, que están absorbidos por las cosas de acá y tienen a “Dios” como palabra sin sentido, es necesario reconocer que unas personas, las contemplativas, “dedicadas por entero a Dios en la soledad y el silencio”, significan ir derechos a Dios como realidad realísima que llena por entero el corazón humano y lo rebosa. El contemplativo, sea hombre o mujer, no se desinteresa del prójimo y de todo lo realmente humano. Desde el silencio, además, pueden las palabras recobrar su sustancia, liberarnos y hacernos entrar en comunicación con los demás. Los contemplativos, a través de su entera existencia, dan testimonio de que Dios es mayor que cualquier otra realidad. ¿Cómo, pues, no pedir a Dios que haya jóvenes que se sientan atraídos por esta forma de vida cristiana que son las Monjas de Clausura? No sé hasta qué punto los católicos estamos preocupados por la falta de vocaciones para la vida contemplativa en nuestra Diócesis. Es problema de todos. Bien sé que en la ciudad de Toledo hay muchos que se preocupan seriamente por el futuro de los muchos monasterios que aquí existen. Pero no todo el que escribe sobre el futuro de estas casas de contemplación está preocupado por las Monjas y el valor del testimonio de su vida. Su preocupación es otra y se puede describir de este modo: “¿Qué pasará con lo que hay en esos monasterios, si las Hermanas se acaban o no pueden sostener esos recintos tan valiosos, sin duda, desde el punto de vista del patrimonio?”. A estas personas yo quisiera exhortarles a que consideraran que un Monasterio sin Monjas, pierde su significación y se convierte en “museo”, algo tal vez valioso, pero “muerto”, que sólo suscita cosa pasada, no viva. Y ellas, las Monjas, merecen otra cosa. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • Pentecostés

    1 junio 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Hablemos de la presencia de Cristo en la Iglesia hoy, pues ascendiendo al cielo, nos ha enviado desde el Padre al Santo Espíritu. Pensemos primero en estas palabras de Jesús en Jn 16, 16: “Dentro de poco ya no me veréis, pero dentro de otro poco me volveréis a ver”. Él se va y vuelve, y del hecho de que Cristo deja este mundo y vuelve al Padre se pueden sacar lecciones muy distintas. Si leemos el Evangelio, vemos que en la primera etapa de su ministerio, nuestro Señor hace entender a sus discípulos que cuando él se vaya, será un dolor para ellos y harán duelo. Pero en las palabras que siguen al texto citado de san Juan, dichas cuando estaba a punto de irse de este mundo, dice: “Pero volveré a veros, y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16, 22). Dice incluso Jesús: “Os conviene que yo me vaya”. Es más, promete que no nos dejará huérfanos, como diciendo “yo volveré a vosotros, y me veréis”. ¿Cómo explicar todas estas palabras del Señor? ¿Cómo compaginar que la marcha de Cristo al Padre sea un dolor porque implica su ausencia, y una alegría porque implica su presencia? En efecto, este es nuestro estado en la situación presente; hemos perdido a Cristo y lo hemos encontrado; no lo vemos, pero lo podemos barruntar. Nos abrazamos a sus pies y Él nos dice: “No me toques”. ¿Cómo es esto? Es así: hemos perdido la percepción sensible y consciente de Cristo; no le vemos, no le oímos, no podemos hablar con Él, ir tras Él de un lado al otro, pero gozamos de una visión y posesión de Él espiritual (según el Espíritu), inmaterial, interna, mental, real; una posesión más real y más presente que la que tuvieron los Apóstoles en los días de su Encarnación antes de resucitar. ¿Cómo explicar este misterio? Primero, que realmente Cristo está con nosotros ahora. Es algo que Él dice expresamente: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Y todavía dice más: “Donde hay dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pero alguno pensará: “Claro, es que está presente como Dios”. Por supuesto, pero lo que nos promete es a Cristo, Dios y hombre verdadero. Por lo tanto, si promete volver de nuevo, habrá que entender que volverá de nuevo como hombre; esto es, en el único sentido que podrá volver. Me parecen muy interesantes las palabras del Cardenal J.H. Newman, cuando habla de la presencia de Cristo en la Iglesia. Dice él: “Quizá queráis explicar así sus palabras: ha vuelto, sí, pero en su Espíritu; esto es, su Espíritu ha venido, en lugar de Él, y cuando se dice que Él está con nosotros, eso quiere decir que su Espíritu está con nosotros. Sin duda, nadie negará esa verdad tan consoladora llena de bondad de que el Espíritu Santo ha venido” (Sermones parroquiales/6, n. 10) El beato Cardenal sigue preguntando ¿por qué ha venido el Espíritu? ¿Para sustituir la presencia de Cristo, o para suplir su ausencia? No, más bien para obtener su presencia ahora, es decir, para hacer presente a Cristo. No supongamos ni por un momento que Dios Espíritu Santo viene para que Dios Hijo permanezca ausente. No; el Espíritu no ha venido para que el Hijo deje de venir, sino que más bien Él viene para que Cristo venga en su venida. Pentecostés quiere decir: mediante el Espíritu Santo tenemos nosotros comunión con el Padre y con el Hijo. “En Cristo, dice san Pablo, también vosotros entráis a formar parte del edificio para ser morada de Dios por el Espíritu” (Ef 2, 22). Esta es la importancia de Pentecostés, fiesta de la Iglesia, en la que el Espíritu nos da capacidad para seguir a Cristo, cada uno según su vocación en la Iglesia. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • Comunicar esperanza y confianza en nuestros tiempos

    24 mayo 2017

    LI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2017

    El Domingo 28 de Mayo, Solemnidad de la Ascensión del Señor, se celebra en toda la Iglesia la LI Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2017. Compartimos con todos los amigos de RTVDToledo el mensaje del Santo Padre para esta jornada: Gracias al desarrollo tecnológico, el acceso a los medios de comunicación es tal que muchísimos individuos tienen la posibilidad de compartir inmediatamente noticias y de difundirlas de manera capilar. Estas noticias pueden ser bonitas o feas, verdaderas o falsas. Nuestros padres en la fe ya hablaban de la mente humana como de una piedra de molino que, movida por el agua, no se puede detener. Sin embargo, quien se encarga del molino tiene la posibilidad de decidir si moler trigo o cizaña. La mente del hombre está siempre en acción y no puede dejar de «moler» lo que recibe, pero está en nosotros decidir qué material le ofrecemos. (cf. Casiano el Romano, Carta a Leoncio Igumeno). Me gustaría con este mensaje llegar y animar a todos los que, tanto en el ámbito profesional como en el de las relaciones personales, «muelen» cada día mucha información para ofrecer un pan tierno y bueno a todos los que se alimentan de los frutos de su comunicación. Quisiera exhortar a todos a una comunicación constructiva que, rechazando los prejuicios contra los demás, fomente una cultura del encuentro que ayude a mirar la realidad con auténtica confianza. Creo que es necesario romper el círculo vicioso de la angustia y frenar la espiral del miedo, fruto de esa costumbre de centrarse en las «malas noticias» (guerras, terrorismo, escándalos y cualquier tipo de frustración en el acontecer humano). Ciertamente, no se trata de favorecer una desinformación en la que se ignore el drama del sufrimiento, ni de caer en un optimismo ingenuo que no se deja afectar por el escándalo del mal. Quisiera, por el contrario, que todos tratemos de superar ese sentimiento de disgusto y de resignación que con frecuencia se apodera de nosotros, arrojándonos en la apatía, generando miedos o dándonos la impresión de que no se puede frenar el mal. Además, en un sistema comunicativo donde reina la lógica según la cual para que una noticia sea buena ha de causar un impacto, y donde fácilmente se hace espectáculo del drama del dolor y del misterio del mal, se puede caer en la tentación de adormecer la propia conciencia o de caer en la desesperación. Por lo tanto, quisiera contribuir a la búsqueda de un estilo comunicativo abierto y creativo, que no dé todo el protagonismo al mal, sino que trate de mostrar las posibles soluciones, favoreciendo una actitud activa y responsable en las personas a las cuales va dirigida la noticia. Invito a todos a ofrecer a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo narraciones marcadas por la lógica de la «buena noticia». La buena noticia La vida del hombre no es sólo una crónica aséptica de acontecimientos, sino que es historia, una historia que espera ser narrada mediante la elección de una clave interpretativa que sepa seleccionar y recoger los datos más importantes. La realidad, en sí misma, no tiene un significado unívoco. Todo depende de la mirada con la cual es percibida, del «cristal» con el que decidimos mirarla: cambiando las lentes, también la realidad se nos presenta distinta. Entonces, ¿qué hacer para leer la realidad con «las lentes» adecuadas? Para los cristianos, las lentes que nos permiten descifrar la realidad no pueden ser otras que las de la buena noticia, partiendo de la «Buena Nueva» por excelencia: el «Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios» (Mc 1,1). Con estas palabras comienza el evangelista Marcos su narración, anunciando la «buena noticia» que se refiere a Jesús, pero más que una información sobre Jesús, se trata de la buena noticia que es Jesús mismo. En efecto, leyendo las páginas del Evangelio se descubre que el título de la obra corresponde a su contenido y, sobre todo, que ese contenido es la persona misma de Jesús. Esta buena noticia, que es Jesús mismo, no es buena porque esté exenta de sufrimiento, sino porque contempla el sufrimiento en una perspectiva más amplia, como parte integrante de su amor por el Padre y por la humanidad. En Cristo, Dios se ha hecho solidario con cualquier situación humana, revelándonos que no estamos solos, porque tenemos un Padre que nunca olvida a sus hijos. «No temas, que yo estoy contigo» (Is 43,5): es la palabra consoladora de un Dios que se implica desde siempre en la historia de su pueblo. Con esta promesa: «estoy contigo», Dios asume, en su Hijo amado, toda nuestra debilidad hasta morir como nosotros. En Él también las tinieblas y la muerte se hacen lugar de comunión con la Luz y la Vida. Precisamente aquí, en el lugar donde la vida experimenta la amargura del fracaso, nace una esperanza al alcance de todos. Se trata de una esperanza que no defrauda ―porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones (cf. Rm 5,5)― y que hace que la vida nueva brote como la planta que crece de la semilla enterrada. Bajo esta luz, cada nuevo drama que sucede en la historia del mundo se convierte también en el escenario para una posible buena noticia, desde el momento en que el amor logra encontrar siempre el camino de la proximidad y suscita corazones capaces de conmoverse, rostros capaces de no desmoronarse, manos listas para construir. La confianza en la semilla del Reino Para iniciar a sus discípulos y a la multitud en esta mentalidad evangélica, y entregarles «las gafas» adecuadas con las que acercarse a la lógica del amor que muere y resucita, Jesús recurría a las parábolas, en las que el Reino de Dios se compara, a menudo, con la semilla que desata su fuerza vital justo cuando muere en la tierra (cf. Mc 4,1-34). Recurrir a imágenes y metáforas para comunicar la humilde potencia del Reino, no es un manera de restarle importancia y urgencia, sino una forma misericordiosa para dejar a quien escucha el «espacio» de libertad para acogerla y referirla incluso a sí mismo. Además, es el camino privilegiado para expresar la inmensa dignidad del misterio pascual, dejando que sean las imágenes ―más que los conceptos― las que comuniquen la paradójica belleza de la vida nueva en Cristo, donde las hostilidades y la cruz no impiden, sino que cumplen la salvación de Dios, donde la debilidad es más fuerte que toda potencia humana, donde el fracaso puede ser el preludio del cumplimiento más grande de todas las cosas en el amor. En efecto, así es como madura y se profundiza la esperanza del Reino de Dios: «Como un hombre que echa el grano en la tierra; duerma o se levante, de noche o de día, el grano brota y crece» (Mc 4,26-27). El Reino de Dios está ya entre nosotros, como una semilla oculta a una mirada superficial y cuyo crecimiento tiene lugar en el silencio. Quien tiene los ojos límpidos por la gracia del Espíritu Santo lo ve brotar y no deja que la cizaña, que siempre está presente, le robe la alegría del Reino. Los horizontes del Espíritu La esperanza fundada sobre la buena noticia que es Jesús nos hace elevar la mirada y nos impulsa a contemplarlo en el marco litúrgico de la fiesta de la Ascensión. Aunque parece que el Señor se aleja de nosotros, en realidad, se ensanchan los horizontes de la esperanza. En efecto, en Cristo, que eleva nuestra humanidad hasta el Cielo, cada hombre y cada mujer puede tener la plena libertad de «entrar en el santuario en virtud de la sangre de Jesús, por este camino nuevo y vivo, inaugurado por él para nosotros, a través del velo, es decir, de su propia carne» (Hb 10,19-20). Por medio de «la fuerza del Espíritu Santo» podemos ser «testigos» y comunicadores de una humanidad nueva, redimida, «hasta los confines de la tierra» (cf. Hb 1,7-8). La confianza en la semilla del Reino de Dios y en la lógica de la Pascua configura también nuestra manera de comunicar. Esa confianza nos hace capaces de trabajar ―en las múltiples formas en que se lleva a cabo hoy la comunicación― con la convicción de que es posible descubrir e iluminar la buena noticia presente en la realidad de cada historia y en el rostro de cada persona. Quien se deja guiar con fe por el Espíritu Santo es capaz de discernir en cada acontecimiento lo que ocurre entre Dios y la humanidad, reconociendo cómo él mismo, en el escenario dramático de este mundo, está tejiendo la trama de una historia de salvación. El hilo con el que se teje esta historia sacra es la esperanza y su tejedor no es otro que el Espíritu Consolador. La esperanza es la más humilde de las virtudes, porque permanece escondida en los pliegues de la vida, pero es similar a la levadura que hace fermentar toda la masa. Nosotros la alimentamos leyendo de nuevo la Buena Nueva, ese Evangelio que ha sido muchas veces «reeditado» en las vidas de los santos, hombres y mujeres convertidos en iconos del amor de Dios. También hoy el Espíritu siembra en nosotros el deseo del Reino, a través de muchos «canales» vivientes, a través de las personas que se dejan conducir por la Buena Nueva en medio del drama de la historia, y son como faros en la oscuridad de este mundo, que iluminan el camino y abren nuevos senderos de confianza y esperanza. Vaticano, 24 de enero de 2017 Francisco

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