Actualidad

  • La Iglesia, Cuerpo de Cristo

    11 Mayo 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Existe entre los bautizados católicos una cierta incapacidad para sentirnos el Cuerpo de Cristo, con una visibilidad en medio de la sociedad en la que vivimos y que nos impide vivir lo que nos sucede en el día a día como comunidad cristiana de los que hemos nacido o renacido de la Iniciación Cristiana por medio de la gracia de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. “Cuerpo de Cristo” lo entendemos con frecuencia sólo del pan consagrado que se nos da en la comunión eucarística al comulgar en la Santa Misa. De hecho, muchos cristianos contemporáneos han mostrado algunas reservas frente a la imagen de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, unos porque prefieren llamar a la Iglesia “Cuerpo místico”, que está bien si se entiende correctamente; otros porque designar a la Iglesia como el mismísimo cuerpo de Cristo suena al triunfalismo eclesiástico de otras épocas. Tal vez por eso prefieren éstos últimos llamar a la Iglesia Pueblo de Dios, designación que es también bíblica y eclesial y que en nada se opone a la noción de Cuerpo de Cristo. Lo que yo digo es que es muy conveniente que nos consideremos a nosotros mismos como continuación del Cuerpo de Cristo en el mundo, el que asumió el Verbo al hacerse carne en la Virgen; pero esta consideración no la hacemos para conformarnos al mundo, sino a Cristo, como dice san Pablo en Rom 12, 2: “Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente”. Las consecuencias de no sentirse los católicos el Cuerpo de Cristo en la sociedad en la que vivimos son muy serias. Trataré de poner algunos ejemplos que tal vez puedan describir esta carencia: 1. Pensemos en cómo celebramos la Santa Misa el domingo. ¿Nos sentimos en esa celebración tan importante para el cristiano conciudadanos y hermanos de los que están con nosotros en la asamblea eucarística? Y con otros católicos toledanos o españoles del presente, del pasado y del futuro que celebran también la Eucaristía dominical, ¿nos sentimos miembros con ellos del Cuerpo de Cristo? El cristiano que peregrina por las naciones en su vida, no es un solitario que asiste a Misa por costumbre, por cumplir simplemente con el precepto, o porque toca. Se siente parte de un gran Pueblo y celebra la Eucaristía que nos dejó Jesucristo con sus hermanos, presididos por el sacerdote, que actúa en nombre de Cristo, Cabeza de su Pueblo. 2. La suerte que corran los demás miembros del Cuerpo de Cristo, tales como injusticias, situaciones precarias o persecuciones, no nos dejan indiferentes: nos suceden también a nosotros. Y sus sufrimientos son los nuestros y nuestras sus alegrías. También hemos de sentir que no puede haber entre nosotros diferencias abismales y escandalosas. Por supuesto, lejos de nosotros, fraudes, corrupción, aprovecharse de los más empobrecidos. Y, cuando un miembro injuria gravemente o le ataca injustamente o comete una grave injusticia y es llamando católico, los demás miembros deben reaccionar, condenando esa falta grave cometida contra Cristo en su Cuerpo. Podríamos enumerar otros muchos aspectos de la vida de la comunidad cristiana que muestran esa insensibilidad que nos afecta como Cuerpo de Cristo. Pero es suficiente. Al final, sí parece constatarse que mucho hemos de avanzar en este camino hacia una comprensión nueva y antigua de la Iglesia como cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • ¿Por qué esas manías?

    4 Mayo 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Se extrañaba hace pocos días un médico montañés en un diario de Santander de que Europa rehuyera y evitara el catolicismo; también de la beligerancia que existe contra la Iglesia Católica en la sociedad española. Ciertamente es curioso y sorprendente. Pueda ser que algunos insulten a los miembros de la Iglesia porque piensen que lo que creemos es mentira. De ahí el ataque despiadado y absurdo. ¿No se puede distinguir entre no aceptar lo que decimos y el insulto? ¿Por qué, pues, no insultan a otros credos, aunque no estén de acuerdo con ellos? Algo no funciona en todos estos episodios contra el catolicismo, que hemos visto desfilar en estos meses entre nosotros. A mí no me gustan las injusticias, pero estoy dispuesto a afrontarlas y sin una respuesta con odio, pues el perdón ante la incomprensión e incluso al insulto es la respuesta que dan muchos cristianos perseguidos, por ejemplo, en el Medio Oriente. Y a muchos los matan. Me impresionó un video de la comunidad copta ortodoxa visitada por el Papa Francisco hace apenas una semana. Están cantado y orando, aún con los hermanos que mueren simplemente por ser cristianos. Es el testimonio cristiano contra la ley del talión que Jesús rompió. Pero lo triste es que pueda desaparecer del horizonte de Europa la realidad de la fe cristiana, que no le permita ofrecer más un humanismo extraordinario, basado en los descubrimientos del pensamiento griego, de la ley romana y de la Revelación Divina que está en la raíz de esa fe. Esta síntesis representa un gran progreso que permitió el desarrollo de Europa y su excepcional contribución a la herencia del mundo entero. Sin despreciar nada que se pueda o se deba añadir a ese “suelo nutricio, la fuente de la identidad europea es, sin duda, el amor de Dios para con los hombres, prescindiendo de su confesión, nacionalidad o cualquier otra pertenencia. ¿Habrá, pues, unidad en Europa si no se funda en la unidad del espíritu?” Esa era la pregunta de san Juan Pablo II en 1997, en su visita a la diócesis primada de Polonia, Gniezno. Como recordaba de manera lúcida el Papa Francisco a los líderes europeos en el 60 aniversario de la firma del Tratado de Roma: “Europa no es un conjunto de normas a cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos a seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable”. ¿Ayudarán estos pensamientos para solucionar tantas embestidas gratuitas contra los que formamos la Iglesia Católica? Tal vez no, o quizá sí. Pero nosotros no cesaremos en buscar la verdad y vivir el amor, para que sea posible vivir de otra manera la vida humana. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • ¿A que llamamos Pascua los cristianos? (II)

    28 Abril 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Terminábamos la semana pasada explicando qué sucedió el primer día de la semana, cuando las mujeres fueron al sepulcro con ungüentos y encontraron vacío ese sepulcro en el que se depositó el cuerpo de Jesús el viernes rápidamente porque llegaba la “gran fiesta” de Pascua. ¿Y en qué consiste en concreto lo que dice la Iglesia acerca de la resurrección del Crucificado? ¿Cuál es el testimonio que la Iglesia da de la Resurrección de Cristo? En el fondo es un testimonio muy sencillo: ese Jesús de Nazaret que “había pasado haciendo el bien y curando a todos”, el mismo que los hombres mataron clavándolo en una cruz, es el que Dios resucitó al tercer día (cf. Hch 10,38s). En la cruz Dios Padre parecía haber desautorizado a Jesús, hasta arrancarle aquel grito de angustia: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”; pero ahora, resucitándolo, el Padre demuestra identificarse con el Crucificado y no con los que en el Sanedrín le condenaron y Poncio Pilato, que decretó su muerte en la Cruz, una ejecución típicamente romana para los insurrectos. Desde ese momento, sólo será posible ver al Crucificado “en la gloria del Padre” y contemplar la gloria del Padre en el rostro del Crucificado. La resurrección es, pues, como un faro enfocado, más allá de la Pascua, sobre la vida terrena de Jesús. La resurrección nos da testimonio de que Jesús no se ha equivocado: con Él, muerto y resucitado, ha llegado el reino de Dios. El fin ya ha empezado; poco importa cuándo se concluirá, si dentro de pocos años, o dentro de miles de millones de años. El sepulcro vacío indica que el cuerpo de Jesús, su cadáver, no ha sido encontrado. No fue robado por los discípulos, como insinuaron ya entonces algunos. El cadáver no pudo mostrarse, porque no existía. Su cuerpo fue resucitado, ocupa un lugar y puede mostrarse. Se “apareció”, esto es “se mostró” a los que Él quiso. Esa aparición no tiene por qué ser para nosotros ahora una aparición con impresión de los sentidos, como ocurrió las veces que Cristo se dejó ver a los Apóstoles, a las Marías y a otros testigos oculares. Podemos, pues, ver y sentir de otra manera, sin aparición sensible de Jesús, y saber a ciencia cierta que Cristo está vivo y me encuentra, mostrándoseme. Y puesto que Cristo ha resucitado, nosotros podemos caminar en esta novedad de vida. Cristo ha resucitado para nuestra justificación, es decir, para causarla. “El Señor pasó, por la pasión, de la muerte a la vida, y se hizo camino a los creyentes en su resurrección para que nosotros pasemos igualmente de la muerte a la vida” (san Agustín, Enarr. In Psal., 120,6). Por eso podemos recoger la enseñanza de san Pablo cuando dice: “Si crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvado” (Rom 10,9). De modo que podemos decir como el Apóstol: “Se me apareció también a mí” (1 Cor, 15,8). En Jn 20,19-31 se narra que Jesús, después de la Resurrección, visitó a los discípulos atravesando las puertas cerradas del Cenáculo y les dijo: “¡Paz a vosotros!”. Nuestro Redentor, con un cuerpo de naturaleza incorruptible y palpable, pero en estado de gloria, muestra al incrédulo Tomás las señales de su pasión. Tocando las heridas del Señor, el discípulo dubitativo cura no sólo su desconfianza, sino también la nuestra. De este modo haremos cada vez más familiar y cercano a Aquel que nuestros ojos no han visto, pero de cuya infinita Misericordia tenemos absoluta certeza. Esta es la alegría de la Pascua. Gozadla, hermanos, gozad de ella: tenemos cincuenta días hasta Pentecostés. Ha merecido la pena vivir la Cuaresma para desearos ahora una Feliz Pascua. Santa María, la Bendita Madre del Salvador os consiga del Padre y de Jesucristo el gozo de la Pascua. A la Virgen María, Reina de los Apóstoles, pedimos que sostenga nuestra fe y sostenga la misión de la Iglesia. Cantemos sin cesar “Este es el día que hizo el Señor” (Sal 117,24), el día en que el Espíritu Creador resucitó a Cristo de entre los muertos. Aleluya, hermanos. Feliz Pascua. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo. Primado de España.

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Redifusión para América y Asia

Redifusión de los programas de producción propia a partir de las 19:00h, (en horario de Miami) y de las 8:00 h. (en horario de Tokio) una de la madrugada en España.





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