Actualidad

  • Solemnidad de San Ildefonso, Patrón de Toledo

    23 enero 2018

    Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Queridos hermanos: En la solemnidad de san Ildefonso, junto a nuestras autoridades, a las saludo respetuosamente, tenemos el honor de acoger a varios obispos españoles, que han querido sumarse a nuestra fiesta, por cariño a nuestra Patrono e igualmente por el deseo de compartir cuanta experiencia estamos teniendo en el recuerdo y homenaje al gran arzobispo Cardenal Cisneros, cuyo V centenario de su muerte está significando en la Diócesis, en la ciudad y fuera de ella. Felicidades a todos los fieles que aquí o en radio y RTVD nos oyen o nos contemplan. Permítanme también expresarles la emoción que me embarga al celebrar en el amado Rito Hispano-Mozárabe la solemnidad de san Ildefonso, arzobispo de Toledo y modelo de amor a la Virgen Santa María y a sus fieles toledanos. Junto con san Isidoro, nuestro Santo gozó siempre de un prestigio que sólo tiene la santidad, y ambos suscitan en los fieles la adhesión que suscitaban los mártires en el pueblo cristiano de los primeros tiempos, por ejemplo santa Leocadia, la joven que dio testimonio de Jesucristo en Toledo siglos antes a que viviera nuestro Santo. Cuando estaba naciendo el castellano, Gonzalo de Berceo exclamaba: En Toledo la buena, essa villa real,/ que yace sobre Tajo, essa agua cabdal,/ ovo un arzobispo, coronado leal,/ que fue de la Gloriosa amigo natural./ Diziénli Ildefonso, dizlo la escriptura,/ pastor que a su grey daba buena pastura,/ El sancto arzobispo, un leal coronado,/ por entrar a la missa estava aguisado;/ en su preciosa cátedra se sedie asentado,/ adusso la Gloriosa un present muy onrado. (…) Fizoli otra gracia qual nunqua fue oída: dioli una casulla sin aguia cosida; obra era angélica, non de omne texida (Milagros de Nuestra Señora) “La boca del justo produce sabiduría –nos ha recordado el libro de los Proverbios- (…) Los hombres rectos son guiados por su integridad”. Son consecuencias estas palabras de la lógica más elemental: el ser humano aspira, justamente, a la sabiduría y a la integridad, aunque las conductas torcidas parezcan decir lo contrario. “Los santos, por la fe, conquistaron reinos –reza la liturgia de este día-, obraron justamente, taparon la boca a los leones, apagaron el fuego impetuoso (…), se mostraron fuertes en el combate”. También lo que dice la lectura Apostolus (Heb 11, 33-34) resalta muy bien cuanto san Ildefonso significa en la historia del pueblo toledano. Alabamos, pues, y bendecimos al Señor por el triunfo de san Ildefonso, al que nuestro Dios otorgó la corona de la inmortalidad por haber defendido su nombre y el de Santa María. ¡Qué hermosa tarea ésta de san Ildefonso de defender el nombre de Dios! Realizar semejante acción lleva consigo un servicio a la humanidad impagable, pues significa que el ser humano no se explica desde sí mismo, sino desde la acción defensora de la misericordia de Dios, que nos permite comenzar siempre de nuevo, a pesar de nuestras posibles malas acciones y pecados. En el santo nombre de Dios y en su presencia recitaremos los nombres de los santos apóstoles y mártires, confesores como san Ildefonso, y vírgenes. Ante el Señor, dueño de todo, con súplicas ardientes acudimos a su omnipotencia, para que por los méritos de san Ildefonso nos limpie de todo pecado y podamos alegrarnos, como él se alegra, porque somos dignos de estar en la presencia de Jesucristo Salvador. Pedimos también que a todos los que aterroriza el miedo, aflige la carencia de alimentos, veja la tribulación, abruman las enfermedades, a todos los cargados de deuda y sometidos a cualquier tristeza nos libere la indulgente piedad de Dios y nos reconforte su misericordia cada día. De este modo se pide al Padre de los cielos en la oración Ad pacem en este día. En la gran acción de gracias de esta solemnidad, llamada Ilatio en nuestro venerable rito, agradecemos al Señor la vida y la persona de su confesor, por la fe y el amor, san Ildefonso. Y pedimos no envanecernos en la prosperidad ni desanimarnos cuando lleguen las adversidades, ni nos hieran las saetas de los espíritus inmundos o las flechas de nuestros adversarios; bien, al contrario, que “sean aliviadas las angustias de tus siervos, oh Jesucristo, y las de todos los fieles”. Son muchas las cosas a pedir para nuestra ciudad, para esta Archidiócesis de Toledo y las Iglesias de los hermanos obispos que nos acompañan, para toda España, lo que hoy es la antigua Hispania que celebraba en este viejo rito: el bien común, la paz y la concordia, la valentía para solucionar cuantos problemas tengamos, la audacia para atender a cuantos sufren. Queremos pedir al Señor, por medio de tan gran valedor como es san Ildefonso, que se nos conceda vivir una sana laicidad, una mutua cooperación lejos de separatismos; también que no resuciten los viejos problemas; que tengamos amplitud de miras, ninguna aceptación de la violencia y el terrorismo, poca resignación ante situaciones injustas que traen tribulación y dolor a los más pobres, cuidado y defensa de la vida y de la tierra, y, como católicos, participar de los sentimientos de Cristo Jesús, en cuya compañía se construyan nuestras vidas de hijos de la Iglesia, madre nuestra que nos da a Jesucristo. Podemos hacer estas peticiones al Señor con san Ildefonso poniendo como abogada a la Madre del Señor. Quiera darnos Jesucristo imitar el amor de nuestro Patrono a María, que muestra la gran obra del Arzobispo toledano a Nuestra Señora, Liber de virginitate perpetua sanctae Mariae: Por eso me gozo en mi Señora, Canto de alegría a la Madre de mi señor, Exulto con la Sierva de su Hijo, que ha sido hecha Madre de mi Creador Y disfruto con Aquella en la que el Verbo se ha Hecho carne. Porque gracias a la Virgen yo confío en la muerte de este Hijo de Dios Y espero que mi salvación y mi alegría vengan de Dios siempre y sin mengua, Ahora, desde ahora y en todo tiempo y en toda Edad por los siglos de los siglos. AMÉN.

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  • Termina otra vez un año

    27 diciembre 2017

    Escrito del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    “Cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer y sujeto a la ley, para redimir a los que estaban sometidos a la ley y hacernos hijos adoptivos” (Gál 4,4-5). Son palabras adecuadas para un final de año, pues de manera breve y concisa nos introducen en el proyecto que Dios tiene para con nosotros: que vivamos como hijos en el tiempo, para serlos por toda la eternidad. Toda la historia de salvación encuentra eco aquí: el que no estaba sujeto a la ley, decidió por amor, perder todo tipo de privilegio y entrar por el lugar menos esperado para liberar a los que sí estábamos bajo la ley. Y, la novedad es que decidió hacerlo en la pequeñez y en la fragilidad de un recién nacido. En Jesucristo, Dios no se disfrazó de hombre, se hizo hombre y compartió en todo nuestra condición. Quiso estar cerca de todos aquellos que se sienten perdidos, avergonzados, heridos, desahuciados, desconsolados o acorralados. Cercano a todos aquellos que en su carne llevan el peso de la lejanía y de la soledad, para que el pecado, la vergüenza, las heridas, el desconsuelo, la exclusión, no tengan la última palabra en la vida de sus hijos. Al terminar otra vez un año, nos detenemos frente al pesebre, para dar gracias por todos los signos de la generosidad divina en nuestra vida y en nuestra historia, que se ha manifestado de mil maneras en el testimonio de tantos rostros que anónimamente han sabido arriesgar. Acción de gracias que no quiere ser nostalgia estéril o recuerdo vacío del pasado idealizado y desencarnado, sino memoria viva que ayude a despertar la creatividad personal y comunitaria porque sabemos que Dios está con nosotros, y lo está de verdad. Nos detenemos frente al belén para contemplar como Dios se ha hecho presente durante todo este año y así recordarnos que cada tiempo, cada momento es portador de gracia y de bendición. El pesebre nos desafía a no dar nada ni a nadie por perdido. Mirar el pesebre es animarnos a asumir nuestro lugar en la historia sin lamentarnos ni amargarnos, sin encerrarnos o evadirnos, sin buscar atajos que nos privilegien. Mirar el pesebre entraña saber que el tiempo que nos espera requiere de iniciativas audaces y esperanzadoras, así como de renunciar a protagonismos vacíos o a luchas interminables por figurar. Mirando el pesebre nos encontramos con los rostros de José y María. Rostros jóvenes cargados de esperanzas e inquietudes, cargados de preguntas. Rostros jóvenes que miran hacia delante con la no fácil tarea de ayudar al Niño-Dios a crecer. No se puede hablar de futuro sin contemplar estos rostros jóvenes y asumir la responsabilidad que tenemos para con nuestros jóvenes; más que responsabilidad, la palabra justa es deuda, sí, la deuda que tenemos con ellos. Hablar de un año que termina es sentirnos invitados a pensar como estamos encarando el lugar que los jóvenes tienen en nuestra sociedad. Hemos creado una cultura que, por un lado, idolatra la juventud queriéndola hacer eterna pero, paradójicamente, hemos condenando a nuestros jóvenes a no tener un espacio de real inserción, ya que lentamente los hemos ido marginando de la vida pública obligándolos a emigrar o a mendigar por empleos que no existen o no les permiten proyectarse en un mañana. Queremos que nuestros jóvenes sí tengan lugar en nuestras comunidades cristianas, en nuestras parroquias. Lo pide el Papa Francisco, que en 2018 quiere que el Sínodo de los Obispos trate sobre los jóvenes y la vocación. Se nos pide asumir el compromiso que cada uno tiene, por poco que parezca, de ayudar a nuestros jóvenes a recuperar, aquí en su tierra, en su patria, horizontes concretos de un futuro a construir, porque creen en Cristo y la alegría del Evangelio transforma su vida. “No nos privemos de la fuerza de sus manos, de sus mentes, de su capacidad de profetizar los sueños de sus mayores (cf. Jl 3, 1)”, dijo el Papa el 31 de diciembre de 2016. Y también “Si queremos apuntar a un futuro que sea digno para ellos, podremos lograrlo sólo apostando por una verdadera inclusión: esa que da el trabajo digno, libre, creativo, participativo y solidario (cf. Discurso en ocasión de la entrega del Premio Carlomagno, 6 de mayo de 2016). Mirar a Cristo en el pesebre nos desafía a ayudar a nuestros jóvenes para que no se dejen desilusionar frente a nuestras impaciencias y estimularlos a que sean capaces de soñar y de luchar por sus sueños. Capaces de crecer y volverse padres de nuestro pueblo. Frente al año que termina qué bien nos hace contemplar al Niño-Dios. Es una invitación a volver a las fuentes y raíces de nuestra fe. En Jesús la fe se hace esperanza, se vuelve fermento y bendición: «Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría» (EG, 3). ¡Feliz Año! +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo

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  • Mensaje de Navidad

    25 diciembre 2017

    Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Buenas noches. ¿Me permiten que en este momento de la Nochebuena les dirija unas palabas a ustedes, católicos, pero también a otros cristianos y a quienes nos vean y que no celebren muy convencidos esta fiesta del Nacimiento de Cristo? Lo que celebramos es muy sencillo: nace el Hijo de Dios en persona, Aquél que existe desde toda la eternidad… enriquece a todos los demás hombres, haciéndose pobre Él mismo, ya que acepta la pobreza de nuestra condición humana, para que podamos conseguir las riquezas de la divinidad. Quiere esto decir que cada uno de nosotros podemos llegar a ser hijos de Dios y, así, amar ser amados por encima de nuestras diferencias de cultura, de dinero, de riquezas, de razas, ideologías y conflictos. Y lo que sucede es actualísimo, no ha pasado, aunque para muchos Navidad sea una fiesta más. Unas fiestas de invierno, días para solo divertirse y no amar, pasar unas vacaciones sin preguntarse qué significa Navidad y por qué la celebramos. Les invito a ir más allá de una celebración de la Navidad política y socialmente correcta; a pensar qué cambió cuando Cristo nació y se nos dio como regalo –el regalo-. También lo que ese Niño significa para las relaciones con los demás: acercamiento a cuantos nos rodean, preocupación por los más pobres, vivir un sentido de justicia y un rechazo de situaciones de injusticia por terrorismo, por exclusión de los demás, por la guerra y el hambre provocadas sin sentido o porque no cuidamos de la madre tierra. Los católicos además debemos vivir Navidad como miembros de la Iglesia de Cristo, que en cada comunidad, empezando por el propio hogar, compartimos la misma esperanza. En definitiva, la Navidad debe renovar nuestras actitudes de amar a Dios, a Cristo, de encontrarnos con Él; de ser mejores padres y madres, mejores hermanos, mejor familia, mejores vecinos, mejores compatriotas; de querer más a enfermos y quienes necesiten más amor por la soledad, sufrimiento, momentos difíciles de la vida. En la tradición de la cena familiar de Nochebuena, no olviden que lo más importante no es lo que cenamos, sino la mirada de amor a quienes nos rodean, porque hemos invitado a Jesús y su familia, a José y a María que han recibido en su casa al recién nacido. También nosotros podemos recibirlo esta noche en tantos y tantos que necesitan el amor de Dios. Desde estos medios de comunicación, Radio Santa María y Canal Diocesano, pido al Señor una buena Navidad, sobre todo para los que más sufren y necesitan el amor del Niño nacido en Belén. Que Dios les bendiga y ¡Feliz Navidad! Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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