Actualidad

  • Cuarto mandamiento y amor a la patria

    22 noviembre 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Leyendo el Catecismo de la Iglesia Católica, cuando comenta aquello de “Honra a tu padre y a tu madre, para que se prolonguen tus días sobre la tierra que el Señor, tu Dios, te va a dar” (Ex 20,12), mi reflexión gira hoy alrededor de cuál es el contenido preciso de este cuarto precepto del Decálogo de Moisés y por qué entran en ese contenido los deberes de los ciudadanos para con su patria. Si pueden, lean el número 2199 de este Catecismo. Sin duda que el cuarto mandamiento tiene por destinatarios directos a los hijos en sus relaciones con sus padres, “porque esta relación es la más universal”. Es cierto, pero cercanas a estas relaciones con los padres están otras, como si fueran derivaciones lógicas de ellas. Por esta razón se contemplan las relaciones de parentesco con otros miembros del grupo familiar: abuelos y demás familiares cercanos, e incluso la relación con los antepasados. Ese número 2199 del Catecismo habla también de deberes de los ciudadanos con otras muchas personas de nuestra sociedad e instituciones, y también con su patria. Y mi pregunta es directa: ¿de verdad sentimos en nuestro tiempo que tenemos deberes para con la patria? Constato que nuestros hermanos hispanoamericanos tienen, en general, ese amor y respeto a su patria, y que les sale del corazón. ¿Es así en España? Pienso sinceramente que entre nosotros el sentimiento de amor a la patria está mucho más atenuado. No digo que no exista, pero de un modo más pragmático y a impulsos. En nuestra historia, por ejemplo, nos cuesta ver la grandeza de nuestros compatriotas y de nuestras cosas y solemos enfrentar unas épocas con otras con un espíritu destructivo. Hay que ahondar hasta otros ámbitos más reducidos: mi pueblo, mi ciudad, mi diócesis, mis colores preferidos, bien sean deportivos o políticos. Aquí sí que se levantan las pasiones. Es triste comprobar cuánto cuesta trabajar por el bien común de nuestro pueblo y la exigua “sociedad civil” son pocas las acciones conjuntas que emprende. Sin embargo, es preciso también advertir que el amor desordenado y soberbio a la “nación” se apoya con frecuencia en una proyección ficticia de la vida y la historia de esa nación, cuyos efectos estamos viviendo en estos meses tan intensos de la vida de España. Pero, si volvemos al Catecismo de la Iglesia Católica, leemos en el número 2339: “Deber de los ciudadanos es cooperar con la autoridad civil al bien de la sociedad en espíritu de verdad, justicia, solidaridad y libertad. El amor y el servicio de la patria forman parte del deber de gratitud y del orden de la caridad. La sumisión a las autoridades legítimas y el servicio del bien común exigen de los ciudadanos que cumplan con su responsabilidad en la comunidad política”. Tal vez algunos digan aquello de que todos los políticos son iguales y no se preocupan demasiado de la gente. Pero no estoy hablando ahora de este asunto. Sí quiero subrayar, sin embargo, que entre nosotros, los españoles, florece con cierta profusión un componente ácrata, muy idealista, que nos impide tantas veces converger en la realización del bien común. ¿Cómo avanzar en un entendimiento básico de unidad de los que formamos España, sin que se tenga que renunciar a las diferencias legítimas de comarcas, provincias, territorios, países? ¡Qué bien nos vendría a los españoles más sentido práctico y exagerar menos lo que nos diferencia! Esta es una tarea que pido al Señor pueda ser llevada a cabo por nosotros, los españoles catalanes, asturianos, vascos, gallegos, castellanos y leoneses, castellanos y manchegos, madrileños, aragoneses, extremeños, andaluces, valencianos, murcianos, navarros, riojanos, cántabros, baleares y canarios. Cuando he estado alguna temporada larga fuera de nuestro país, sin duda he vivido la experiencia de sentir que cualquier cosa que hablara de España me llamaba rápidamente la atención, y ponerme a la escucha porque algo en mi interior se despertaba. ¿Es eso amor a la patria? Puede ser. Los sentimientos son espontáneos y nos invaden, para crear en nosotros recuerdos y vivencias agradables. También he pensado en ocasiones que los que hemos nacido en España nos cuesta menos llevarnos bien con los compatriotas fuera de nuestra patria que cuando estamos aquí día a día, incluso aunque hubiéramos nacido en diferentes partes de ella. ¿Esa empatía la suscita la nación común donde hemos nacido? Yo no lo descarto. Pero tampoco quiero absolutizar que soy español, porque soy cristiano católico, esto es, universal y el amor de Cristo me une a toda la humanidad, no por moda, sino por las palabras de Cristo, que nos manda amar a todos, también a los que no son “hermanos en la fe”, sin olvidar a “los de casa”. +Braulio, arzobispo de Toledo. Primado de España

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  • No amemos de palabra, sino de obra (1 Jn 3,18)

    16 noviembre 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Al final del jubileo de la Misericordia quiso el Papa Francisco ofrecer a la Iglesia la Jornada Mundial de los Pobres. Era el colofón de ese Año Jubilar. Estamos justamente ante la celebración de la primera Jornada el domingo 19 de noviembre. El Papa ofreció un Mensaje para este día. En él el Santo Padre nos indica cuál es su finalidad, el sentido que tiene este día. No es una Jornada Mundial que lleve consigo una colecta especial. Es una Jornada de concienciación dirigida a toda la Iglesia y a los hombres y mujeres de buena voluntad, para que en todo el mundo las comunidades cristianas se conviertan cada vez más y mejor en un signo concreto del amor de Cristo por los últimos y los más necesitados, pues somos de Aquel cuya existencia es dar y darse hasta el fondo. Podemos afirmar que el Santo Padre es ambicioso; no se queda en horizontes cortos, está abierto a “lo más“, pues quiere que esta Jornada estimule, en primer lugar, a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, que caracteriza a nuestra sociedad; desea también que hagamos nuestra la cultura del encuentro, del acercamiento. Sabemos que esta orientación del Papa inquieta a muchos, porque piensan que Francisco es un populista más. No le entienden porque hemos perdido el sentido de Pueblo de Dios, que ha de ocuparse de todos sus hijos. Por esta razón vemos que el Papa quiere: “Al mismo tiempo, la invitación está dirigida a todos, independientemente de su confesión religiosa, para que se dispongan a compartir con los pobres a través de cualquier acción de solidaridad, como signo concreto de fraternidad” (Mensaje del Papa para la I Jornada, 13.6. 2017) ¿Cómo argumenta Francisco esta invitación? “Dios creó el cielo y la tierra para todos; son los hombres, por desgracia, quienes han levantado fronteras, muros y vallas, traicionando el don original destinado a la humanidad sin exclusión alguna”. Así de sencillo y así de rotundo y de una lógica cristiana. Por ello, nos exhorta el Papa a organizar distintos momentos de encuentro y de amistad, de solidaridad y de ayuda concreta. Llega su Santidad a sugerir que sentemos a nuestra mesa a personas pobres como invitados. Iniciativa también para este domingo 19 de noviembre es la oración para que cambie nuestra mentalidad. Ésta no es una acción individual, sino la acción de una comunidad, que no se deja llevar únicamente de política de mercado. Mientras el mundo actual tiende a desentenderse del pobre y del débil, y busca expandir un consumismo que termina excluyendo a los que menos tienen, vemos que Jesús exige que los pobres sean evangelizados y que les llegue la “buena noticia” (cfr. Is 6, 1-2; Lc 4, 18). Es verdad que pobre no son únicamente de dinero, de recursos, pero también y sobre todo. Por eso la Iglesia, a sus fieles y quienes quieran oírle, anuncia la bienaventuranza de la “pobreza” como virtud que hace descubrir el sentido de la austeridad ante los bienes y la riqueza. La pobreza evangélica impulsa a compartir con alegría lo que se es y lo que se posee, para retener solo lo necesario. Es una propuesta de vida y un ejercicio de libertad de espíritu, como lo hicieron y hacen muchos cristianos inspirados en las palabras de Cristo (cfr. Mt 5, 3; Lc 6, 20). El espíritu de pobreza anunciado y vivido por Jesús corrige dos desmesuras: la avaricia y el despilfarro. Inspira y libera nuestra capacidad solidaria y hace que cada ser humano resulte un dispensador de bienes. La vida es un don y no una propiedad y debemos crecer en la capacidad de ser administradores de bienes que liberen el sufrimiento de tantos, que no podrían salir solos de su situación de pobreza o del umbral de la misma. Son muchas las ocasiones en que los cristianos no han escuchado completamente este llamamiento, dejándonos contaminar por la mentalidad mundana que encierra la frase “el negocio es el negocio”. Nos conviene, pues, crear esa nueva mentalidad que nos descubre el Papa. Le conviene también a nuestro mundo, que no logra descubrir el origen de tantas guerras, tantos malestares que crean violencia continua, porque la ambición no tiene correcciones y, a la larga, destruye. Esta Jornada Mundial de los Pobres puede ser una ayuda inestimable, para nosotros y nuestra felicidad, pero sobre todo para los más desheredados del mundo. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • Somos una gran familia contigo

    9 noviembre 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    El día de la Iglesia Diocesana es una Jornada pastoral importante cada año, porque la dedicamos a recordar lo que es la Iglesia Particular de Toledo y a sentirnos hijos suyos en la familia diocesana. Sentimiento que no aflora fácilmente. La Iglesia Católica Universal es la que tenemos en la mente cuando pensamos en la Iglesia, porque es la única y universal. Pero conviene también comenzar, al pensar en la Iglesia, por aquel primer grupo de discípulos que andaban con Jesús y que luego creció por el ministerio de los Apóstoles, que anunciaron al único Señor, de modo que el número de discípulos se fue ampliando constantemente. Es en esta descripción y en esta mirada como se ve mejor y se valora más la verdad de nuestra Iglesia Diocesana y nuestra condición de cristianos. Por encima de las distancias de tiempo y espacio, los católicos de hoy en Toledo seguimos siendo, con los discípulos de la primera hora, la Iglesia de Cristo, los llamados por Él y reunidos en torno suyo. Y es aquí, pues, donde acontece la Iglesia del Señor, una, santa, católica y apostólica, en torno a su obispo que está en comunión jerárquica con el Sucesor de Pedro. Es éste quien pastorea en la caridad todas las Iglesias particulares o Diócesis del mundo. Así que la Iglesia existe de hecho en lugares concretos, en comunidades visibles, presididas por un sucesor de los Apóstoles, en comunión con todas las demás iglesias, particularmente con la Iglesia de Roma, presidida por el Papa Francisco. Ahora bien, si queremos ver la realidad de nuestra Iglesia de Toledo por dentro, tendremos que pensar igualmente en la comunión con Jesús de cada uno de nosotros, en la presencia y acción misteriosa de Cristo que nos une y asimila con Él por la fuerza del Espíritu Santo; de este modo nos hace el Señor, como Iglesia, familia de Dios, Cuerpo de Cristo, Pueblo de Dios. Conviene recordar estas cosas, porque frecuentemente, cuando hablamos de la Iglesia, solemos quedarnos en los aspectos más exteriores de ella, que tantas veces son los que resultan más vulnerables. Más aún, la imagen que se desprende de la Iglesia proveniente de círculos, plataformas, asociaciones políticas, medios de comunicación social, no es muy halagüeña y consiguen lo que persiguen: que la gente no acepte la a Iglesia o la considere mera organización separada de Cristo, separada de la vida concreta de sus fieles. Es cierto que los católicos no siempre honramos el nombre que llevamos con nuestras obras. Pero, ¿por qué se habla más de lo malo que de lo bueno? ¿Por qué agrandar lo malo y silenciar lo bueno? ¿Por qué no se ponderan las buenas obras de tantos cristianos ejemplares que viven haciendo el bien, consolando a los que sufren y anunciando con su vida los bienes admirables del Reino de Dios? ¿Cómo celebrar, pues, el Día de la Iglesia Diocesana? Ante todo debemos rezar por nuestra Iglesia, por todos sus miembros, sin olvidar a los alejados y a los que más sufren. Pero no basta con la oración; hay que conocer más a fondo su misterio profundo y su vida de cada día. Es muy deseable que nos preguntemos: ¿Qué hacemos realmente por nuestra Iglesia? ¿Somos sólo “clases pasivas? ¿Cuál es nuestro comportamiento, qué actividades de apostolado tenemos? ¿Cuánto tiempo dedicamos a sus actividades de todo tipo: de caridad, de formación, de voluntariados? Y en el Día de la Iglesia Diocesana, “¿no hablará el obispo de los dineros?” También, porque en la familia todos deben contribuir a ayudar en los gastos y necesidades de la Madre Iglesia. Y he de decirles que ya se preocupa la Administración diocesana de ser trasparente, como todo el mundo puede comprobar en la web del Arzobispado, “Portal de trasparencia”. Lo digo porque son muchos los que se manifiestan desconfiados con los dineros que la Iglesia diocesana recibe. Con sencillez y confianza os pido que seáis generosos. Dad para vuestra Iglesia una aportación significativa, algo que exprese el amor y la gratitud hacia la que os ha enseñado a conocer a Jesucristo y al buen Padre del cielo. Doy por supuesto que en la Declaración de la Renta 2017 habéis puesto la cruz en la casilla de la Iglesia Católica, porque es una forma directa y nada gravosa para vosotros de ayuda al conjunto de la Diócesis. Una cosa es segura: sólo dependemos de nuestros católicos y de nuestra buena administración. Si recibimos dinero de los poderes públicos en nuestras obras caritativo-sociales o para sostener el patrimonio artístico, lo hacemos porque cuidamos de personas y problemas que ellos no cuidan o porque el patrimonio de la Iglesia genera riqueza y tiene una labor social y educativa. Muchas gracias. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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