Actualidad

  • Tristeza

    10 octubre 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Confieso que desde hace algún tiempo me invade la tristeza. He vivido muchos acontecimientos en los últimos cincuenta y cinco años. Experiencias preciosas como han sido la llamada a ser cristiano, o a vivir la vida nueva de Cristo preparando el ministerio sacerdotal y la ordenación como sacerdote. También la ordenación episcopal. He sido feliz siendo sacerdote y obispo en tantos momentos de gozo con tanta gente; he procurado hacer el bien de los demás, con la predicación o el ejercicio del ministerio. Me he acercado a tantas personas y al misterio de sus vidas al hilo de tantos acontecimientos en España y en el mundo. Recuerdo vivamente la transición política y social, con sus luces y sombras. Pero con la alegría de haber visto que se ponían las bases para una convivencia plural en una España en la que cabían todos, tras tantos años de enfrentamiento, antes y después de la guerra civil; ese proceso que llevó a término la realidad de un Estado de derecho con la promulgación de la Constitución Española en 1978. No viví ciertamente aquellos años de ruptura entre españoles (1931-1939), pero sí las consecuencias de no quererse los unos a los otros. Era bueno comprobar que esa situación terminaba y empezaba otra. Y no es que todo este tiempo, desde 1978 hasta hoy, haya sido una balsa de aceite. Muchos problemas, muchas incertidumbres, pero hemos tenido una vida “normal” con alternativas y vaivenes, discusiones y luchas, pero me parecía a mí que eran idos los tiempos donde los dirigentes de los partidos políticos llevaban a nuestro pueblo a enfrentamientos de enemigos irreconciliables que, desde la primera República Española en el siglo XIX, buscaban los unos la desaparición de los otros, o su persecución por ideas o tendencias o defensa razonada de posiciones políticas. En la vida hay muchas cosas que no te gustan, que te desagradan en la sociedad en la que vives, pero en un momento dado dejas la ingenuidad de creer que todo va a ir bien. Sin embargo, tienes la esperanza de que llegará la cordura, o que las cosas pueden mejorar y prevalecerá la justicia, la atención a los más pobres y una sociedad con más oportunidades para todos. Y el punto de referencia ha sido en todos estos años el ordenamiento jurídico del Estado que nos hemos dado todos, como posibilidad de entendimiento, esto es, la Constitución Española. Yo creo en Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, y en su Providencia; vivo en el seno de la Iglesia Católica, que sinceramente contribuye al bien común de toda la sociedad española. Acepto, claro está, otras estancias sociales, otros grupos de nuestra sociedad que contribuyen a ese bien común. Es buena la separación Iglesia-Estado y la relación normal con tantas y tantas instituciones. También comprendo cada vez más que el ser humano, hombre y mujer, no se explican bien sin esa fractura que significa el pecado, y así acepto con paciencia mis defectos y los defectos del prójimo. Pero, desde hace algunos años presiento que el horizonte está cambiando y que la gente empieza a sufrir de nuevo las veleidades y las tomas de decisiones de políticos que tantas veces no buscan siempre el bien común. De manera que tenemos que sufrir con excesiva frecuencia lo que ellos indican y dicen que es el bien de todos los españoles, de todos los catalanes, de todos los madrileños, de todos los castellanomanchegos, etc. Y se deja de pensar en el conjunto, en lo que somos todos y se piensa más en “lo mío”, “lo nuestro”, “en mi gente” y en sus exigencias, que muchas veces son simplemente las de este o aquel partido político y que no todo el mundo comparten. Yo no sé si se debe reformar la Constitución y tampoco me escandalizaré, si se hace. Pero me apena muchísimo -y me indigna- que empecemos de nuevo a no tener un punto de referencia que nos sirva para resolver y no para romper. Es mejor estar juntos que disgregados, es mejor abrir que cerrar, es mejor escuchar que chillar, es mejor acoger que rechazar. Es mejor una España unida, por muy diversa que sea, que desgajada en partes, aunque esas partes tengan peculiaridades muy ricas y que han de tenerse en cuenta. Me parece un error que la presidencia de la Generalitat de Cataluña haya roto en el Parlamento catalán con la Constitución Española y pretenda independizarse. La unidad de España no solo es mejor que la ruptura, sino que además esa acción del gobierno catalán olvida los sufrimientos de los catalanes y de otros españoles en aquella guerra civil, a los que también contribuyó el intento de separación de entonces. La separación posible de ahora traerá también dolor y sufrimientos. Cada uno de nosotros tiene su culpabilidad, pero sin equidistancias: cada uno tiene la suya según su responsabilidad. ¿No estoy por el diálogo, por conversar, por solucionar el conflicto? Si estoy doliéndome de lo que sufren las consecuencias de las tomas de decisión de políticos, ¿cómo voy a ser partidario de rupturas y de acciones irreversibles que prolonguen el sufrimiento de la gente, tantas veces mayoría silenciosa? ¿Cómo ha de llegar la solución del conflicto? No me toca a mí decidirlo. Yo rezaré ardientemente y me felicitaré si la unidad continúa. También os pido a vosotros que elevéis al Señor oraciones para este fin. +Braulio Rodríguez Plaza, arzobispo de Toledo. Primado de España

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  • ¿Que arriesgamos nosotros?

    28 septiembre 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Muchas veces hemos considerado nosotros la valentía de aquellos cristianos que arriesgan su vida por confesar que son discípulos de Cristo y no dejarán su fe y su amor al Señor. ¿Qué arriesgamos nosotros? Hay que afirmar claramente que es injusto que uno sea perseguido por vivir su fe y practicar su religión; es verdad, pero también lo es que, corrientemente, la mayoría de nosotros arriesguemos poco por nuestra fe. Nos parecemos mucho a tantos cristianos que poco hacen más allá de alguna oración en necesidad, alguna Misa si se tercia y apetece, y algún sacramento, porque “es costumbre” o por no complicarse la vida por aquello del qué dirán. Yo noto, por ejemplo, que a los ministros de Cristo normalmente se nos permite predicar con toda libertad por el resto del Pueblo de Dios mientras nos limitemos a afirmar verdades generales. También nosotros, los que predicamos, tenemos pecados, sin duda. Pero en el momento en que los oyentes se sienten implicados en lo que decimos, por ejemplo, en la homilía dominical, en cuanto ven que hay que ponerlo en práctica, entonces se paran en seco, se cierran en sí mismo por precaución, e inician una especie de retirada, o dicen que no ven esto o no admiten aquello que decimos. Sucede igual cuando se muestran las exigencias morales y virtuosas de la vida cristiana: se buscan excusas y dicen que llevamos las cosas demasiado lejos, que somos extravagantes, que tenemos que condicionar o modificar lo que afirmamos, que no tenemos en cuenta los tiempos en que vivimos, y otras observaciones por el estilo. Entiendo que las cosas difíciles, que exigen esfuerzo arduo, nos invitan al rechazo, pero también es cierto el dicho: “donde hay voluntad hay camino”, porque no existe verdad, por arrolladoramente clara que sea, de la que los hombres no puedan escapar cerrando los ojos. No hay deber, por urgente que sea, contra el que no puedan hallarse diez mil buenas excusas. Dicen que llevamos las cosas “demasiado lejos” justamente cuando se las ponemos cerca. Yo pienso que el tema es otro: no somos los predicadores o quienes estamos al frente de las comunidades cristianas los que exigimos sin más. Es quien nos envía, aunque tengamos siempre la prudencia de decir bien las cosas y con propiedad. ¿Quién no admite que la fe consiste en aceptar riesgos sin ver en ocasiones el futuro cercano, fiados solo en la palabra de Cristo? Ser bautizado es arriesgar algo por la verdad cristiana. Piénsenlo un momento. Que cada uno de los que leen esta página se pregunte a sí mismo qué ha comprometido en la verdad de las promesas de Cristo. Sabemos bien lo que supone tener algo en juego en empresas de este mundo. Arriesgamos nuestra propiedad en proyectos que prometen una ganancia, proyectos que nos inspiran confianza y seguridad. En este caso, la pregunta es: ¿Qué hemos arriesgado por Cristo? ¿Qué hemos dado por creer en sus promesas y gozar de su gracia, amistad y amor? ¿Quién puede garantizarnos resucitar para la vida eterna? ¿Quién nos salvará definitivamente, para siempre? Un comerciante que ha invertido bienes en su negocio que fracasó no sólo pierde la perspectiva de una ganancia, sino también algo de lo suyo que arriesgó con la esperanza de un lucro. ¿Mereció la pena? No es así en el negocio de ser cristiano: siempre hay esperanza de triunfo con Cristo. Pero, seguimos preguntando: ¿qué hemos arriesgado nosotros? En los comienzos del curso pastoral hay que recordarnos unos a otros esta cuestión. Este es el punto central. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • Crecía en sabiduría y gracia (Lc 2,52)

    21 septiembre 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Al final del delicioso evangelio de la infancia del Señor (Lc 1-2), el evangelista, tras el regreso de toda la familia a Nazaret, afirma que “Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia, delante de Dios y de los hombres” (Lc 2,52). ¡Qué asombro que el Hijo de Dios, por ser igualmente Hijo de María, vaya creciendo como cualquiera de nosotros, no solo en estatura y en gracia: también en sabiduría! Es entrar en esa hermosa realidad de tener que esforzarse poniéndose a trabajar para saber, para conocer más a fondo, para adentrarse en la realidad que nos rodea; también significa formar parte de un grupo que se educa juntos, y se ayudan entre ellos, dejándose ayudar a la vez. En educación se trata, en definitiva, de hacer emerger lo que ya se encuentra en el corazón del que se va educando. Algo distinto del mero enseñar, que es “poner dentro” algo que se enseña. Es educar, formar, que solo es posible con el ser humano, más allá de la tutela biológica que tienen los animales cuando son simplemente criados. Este es el horizonte en que deseamos se muevan nuestras comunidades cristianas en el nuevo curso pastoral, que el sábado 23 comenzó a andar. Os animo a trabajar, hermanos, en este nuevo curso y a preparar nuestro espíritu en la tarea de educar, educar en la fe, enseñar las virtudes humanas y cristianas, formando a personas concretas que son niños, adolescentes, jóvenes y adultos para que sean discípulos que siguen a nuestro Señor Jesucristo. Ya sé que se necesita ambiente, ayuda mutua, animarse los unos a los otros, volver a encontrarse en la comunidad cristiana, considerar la situación, emprender acciones, reflexionar, y disponerse a la tarea, con sus dificultades y posibilidades. El curso pastoral 2017-2018 tiene todo tipo de incentivos, de proyectos, de acciones como para que cada uno de nosotros personalmente y formando parte de una familia, una parroquia, una escuela, un grupo cristiano, una iniciativa tuya o de otros sintamos el acompañamiento de personas responsables que se preocupan de nosotros durante un periodo de crecimiento intelectual y moral, de fe y de amor a Dios y al prójimo. O que nosotros mismos sintamos que podemos ser esas personas responsables en la familia, en la parroquia, en la escuela, que nos ofrecemos a proteger y a acompañar a otros en su educación. Mucha tarea nos espera, pero apasionante, porque no se educa en sabiduría, en la afectividad, en la caridad y demás virtudes con “cuatro cosillas”. Necesitamos la gracia de Dios en forma de ayuda mutua, para dejar a un lado inercias, quejas o simplemente dejar pasar el tiempo sin hacer nada. Para educar en tantos campos en que hay que actuar con otros como si de una gran familia se tratara, evitando roces, prejuicios o peleas “domésticas”. El 6º Programa anual del Plan Pastoral Diocesano está ahí a nuestra consideración y disposición. Hay acciones y actividades concretas para cuantos “más se quisieran afectar”, en palabras de san Ignacio de Loyola. Todos somos destinatarios de esas tareas. ¿No habrá acción o actividad que no necesites emprender tú, o tu familia, o tu parroquia, o tu grupo? Como en otros años, también en este curso pastoral el Consejo Diocesano de Pastoral y la Secretaría del Plan Pastoral que escribiera una carta a los católicos toledanos, para animar a llevar a cabo ese 6º Programa anual, y así iluminar algunas de las finalidades de este curso. La carta está hecha. Se llama: Educar: arte y aventura”. Está a vuestra disposición, por si os ayudara a fortalecer vuestra responsabilidad eclesial y vuestro testimonio cristiano. Cada uno de nosotros, como miembros de la Iglesia, tiene sus propias funciones en el Cuerpo de Cristo. Aparte de mis responsabilidades en llevar adelante este 6º Programa, como Obispo esta carta está pensada en todo menos en hacer un ejercicio de escribir simplemente sobre un tema que no interese mucho, del cual salir del paso. Hay algo más en la carta: el amor y la preocupación por los fieles en un asunto de gran trascendencia, educar, formar. Para ello es imprescindible la libertad que nos ha dado Cristo. Que Santa María y San José que en familia vieron crecer a Jesús intercedan por nosotros. Lo necesitamos y lo necesitaremos. +Braulio, Arzobispo de Toledo. Primado de España.

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