Actualidad

  • Principio de realidad

    18 Mayo 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    La fe en un cierto carpintero galileo llamado Jesús, muerto y resucitado en Jerusalén “bajo Poncio Pilato” –es decir, en una pequeña provincia del Imperio gobernada por un pequeño funcionario de la administración romana- fue y es muy eficaz para que uno vuelva a poner los pies en el suelo, en la realidad. La fe en el Resucitado que es el Crucificado es demasiado detallista como para dejarnos ir flotando en las abstracciones de las “ciencias” o las “espiritualidades”. Ante todo, el hecho de la resurrección es un principio de realidad demasiado severo. ¿Qué quiero decir? Sencillamente que los que creyeron en la resurrección eran pescadores que sabían arreglar sus redes, albañiles capaces de construir catedrales, monjes hábiles en desbrozar y trabajar el campo, es decir, gente sumamente práctica y concreta. Para ellos, creer en el Resucitado era igual de sólido que plantar trigo o construir una basílica romana. Pero más sólido, ya que se apoyaban en esta fe para elevar lo mismo una bóveda que una espiga. Los evangelios del tiempo de Pascua van en este sentido. Toman nuestras contiendas o quimeras a contrapelo. Porque, si tuviéramos que imaginarnos a un hombre que hubiera entrado en la gloria de Dios, nos lo representaríamos sin duda haciendo cosas extraordinarias: brillando más que una estrella en la ceremonia de los Óscar, haciendo malabarismos con las estrellas del cielo, estableciendo una armonía que haría que el lobo habite con el cordero y el leopardo se tumbe con el cabrito (cf. Is 11, 6). Pero, hay que reconocerlo, Jesús resucitado no hace nada de eso, apenas realiza milagros, y si los hace, los lleva a cabo con discreción, con cautela. Sin embargo, nosotros, por el contrario, nos imaginamos que ha atravesado las paredes, ha pronunciado palabras esotéricas, que se ha presentado como un súper atravesador de murallas aureolado de luz. Nada de eso. Sencillamente ha estado allí, en el Cenáculo. Les ha dicho: “Paz a vosotros”, lo que equivale a decir buenos días, como se saludan los judíos. Ha partido el pan, ha comido pescado asado, ha compartido su comida. Les ha explicado las Escrituras. Y en lugar de hacer demostración de fuerza –doblando por ejemplo una barra de hierro con el poder de la mente– les ha enseñado sus llagas. En los milagros que Él hacía “ordinariamente”, las llagan desaparecen: aquí permanecen eternamente. Después de todo, hay algo mejor que hacer cosas extraordinarias: iluminar lo ordinario desde el interior. Esta es la razón por la que sus actos extraordinarios no tienen como fin desviar, sino, en su origen y Providencia, llevar a lo ordinario. Cuando devuelve la vista al ciego, es para que se maraville al ver como todo el mundo. Cuando cura a la suegra de Pedro, es para que éste pueda admirar a su suegra. Cuando saca a Lázaro de su tumba es para que pueda morir otra vez con toda verdad. El Resucitado no es uno de estos superhombres. Su gloria sujeta lo cotidiano, la une a lo cotidiano. Apenas ha llegado a lo más alto con su resurrección y no encuentra nada mejor que encontrarse con sus amigos para conversar y comer con ellos. No juega con las estrellas porque las estrellas no son su juguete. Las apariciones del Resucitado tienen un carácter eminentemente práctico: nos reconducen al amor al prójimo, nos enseñan a ver las cosas de “allá arriba”, es decir, no cosas distintas de las que ve el común de los mortales, sino las mismas cosas a partir del Espíritu Santo. Podemos admirar la victoria del Resucitado, pero nada valdría si no hubiera desaparecido de nosotros el miedo a la muerte. La glorificación de Jesús debe desembocar en la desaparición del Resucitado y el envío del Espíritu Santo, que hace vivir lo cotidiano porque “brota de” y hacia el Inefable. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • La Iglesia, Cuerpo de Cristo

    11 Mayo 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Existe entre los bautizados católicos una cierta incapacidad para sentirnos el Cuerpo de Cristo, con una visibilidad en medio de la sociedad en la que vivimos y que nos impide vivir lo que nos sucede en el día a día como comunidad cristiana de los que hemos nacido o renacido de la Iniciación Cristiana por medio de la gracia de los sacramentos del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía. “Cuerpo de Cristo” lo entendemos con frecuencia sólo del pan consagrado que se nos da en la comunión eucarística al comulgar en la Santa Misa. De hecho, muchos cristianos contemporáneos han mostrado algunas reservas frente a la imagen de la Iglesia como Cuerpo de Cristo, unos porque prefieren llamar a la Iglesia “Cuerpo místico”, que está bien si se entiende correctamente; otros porque designar a la Iglesia como el mismísimo cuerpo de Cristo suena al triunfalismo eclesiástico de otras épocas. Tal vez por eso prefieren éstos últimos llamar a la Iglesia Pueblo de Dios, designación que es también bíblica y eclesial y que en nada se opone a la noción de Cuerpo de Cristo. Lo que yo digo es que es muy conveniente que nos consideremos a nosotros mismos como continuación del Cuerpo de Cristo en el mundo, el que asumió el Verbo al hacerse carne en la Virgen; pero esta consideración no la hacemos para conformarnos al mundo, sino a Cristo, como dice san Pablo en Rom 12, 2: “Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente”. Las consecuencias de no sentirse los católicos el Cuerpo de Cristo en la sociedad en la que vivimos son muy serias. Trataré de poner algunos ejemplos que tal vez puedan describir esta carencia: 1. Pensemos en cómo celebramos la Santa Misa el domingo. ¿Nos sentimos en esa celebración tan importante para el cristiano conciudadanos y hermanos de los que están con nosotros en la asamblea eucarística? Y con otros católicos toledanos o españoles del presente, del pasado y del futuro que celebran también la Eucaristía dominical, ¿nos sentimos miembros con ellos del Cuerpo de Cristo? El cristiano que peregrina por las naciones en su vida, no es un solitario que asiste a Misa por costumbre, por cumplir simplemente con el precepto, o porque toca. Se siente parte de un gran Pueblo y celebra la Eucaristía que nos dejó Jesucristo con sus hermanos, presididos por el sacerdote, que actúa en nombre de Cristo, Cabeza de su Pueblo. 2. La suerte que corran los demás miembros del Cuerpo de Cristo, tales como injusticias, situaciones precarias o persecuciones, no nos dejan indiferentes: nos suceden también a nosotros. Y sus sufrimientos son los nuestros y nuestras sus alegrías. También hemos de sentir que no puede haber entre nosotros diferencias abismales y escandalosas. Por supuesto, lejos de nosotros, fraudes, corrupción, aprovecharse de los más empobrecidos. Y, cuando un miembro injuria gravemente o le ataca injustamente o comete una grave injusticia y es llamando católico, los demás miembros deben reaccionar, condenando esa falta grave cometida contra Cristo en su Cuerpo. Podríamos enumerar otros muchos aspectos de la vida de la comunidad cristiana que muestran esa insensibilidad que nos afecta como Cuerpo de Cristo. Pero es suficiente. Al final, sí parece constatarse que mucho hemos de avanzar en este camino hacia una comprensión nueva y antigua de la Iglesia como cuerpo de Cristo y Pueblo de Dios. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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  • ¿Por qué esas manías?

    4 Mayo 2017

    Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

    Se extrañaba hace pocos días un médico montañés en un diario de Santander de que Europa rehuyera y evitara el catolicismo; también de la beligerancia que existe contra la Iglesia Católica en la sociedad española. Ciertamente es curioso y sorprendente. Pueda ser que algunos insulten a los miembros de la Iglesia porque piensen que lo que creemos es mentira. De ahí el ataque despiadado y absurdo. ¿No se puede distinguir entre no aceptar lo que decimos y el insulto? ¿Por qué, pues, no insultan a otros credos, aunque no estén de acuerdo con ellos? Algo no funciona en todos estos episodios contra el catolicismo, que hemos visto desfilar en estos meses entre nosotros. A mí no me gustan las injusticias, pero estoy dispuesto a afrontarlas y sin una respuesta con odio, pues el perdón ante la incomprensión e incluso al insulto es la respuesta que dan muchos cristianos perseguidos, por ejemplo, en el Medio Oriente. Y a muchos los matan. Me impresionó un video de la comunidad copta ortodoxa visitada por el Papa Francisco hace apenas una semana. Están cantado y orando, aún con los hermanos que mueren simplemente por ser cristianos. Es el testimonio cristiano contra la ley del talión que Jesús rompió. Pero lo triste es que pueda desaparecer del horizonte de Europa la realidad de la fe cristiana, que no le permita ofrecer más un humanismo extraordinario, basado en los descubrimientos del pensamiento griego, de la ley romana y de la Revelación Divina que está en la raíz de esa fe. Esta síntesis representa un gran progreso que permitió el desarrollo de Europa y su excepcional contribución a la herencia del mundo entero. Sin despreciar nada que se pueda o se deba añadir a ese “suelo nutricio, la fuente de la identidad europea es, sin duda, el amor de Dios para con los hombres, prescindiendo de su confesión, nacionalidad o cualquier otra pertenencia. ¿Habrá, pues, unidad en Europa si no se funda en la unidad del espíritu?” Esa era la pregunta de san Juan Pablo II en 1997, en su visita a la diócesis primada de Polonia, Gniezno. Como recordaba de manera lúcida el Papa Francisco a los líderes europeos en el 60 aniversario de la firma del Tratado de Roma: “Europa no es un conjunto de normas a cumplir, o un manual de protocolos y procedimientos a seguir. Es una vida, una manera de concebir al hombre a partir de su dignidad trascendente e inalienable”. ¿Ayudarán estos pensamientos para solucionar tantas embestidas gratuitas contra los que formamos la Iglesia Católica? Tal vez no, o quizá sí. Pero nosotros no cesaremos en buscar la verdad y vivir el amor, para que sea posible vivir de otra manera la vida humana. Braulio Rodríguez Plaza Arzobispo de Toledo y Primado de España

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Redifusión para América y Asia

Redifusión de los programas de producción propia a partir de las 19:00h, (en horario de Miami) y de las 8:00 h. (en horario de Tokio) una de la madrugada en España.





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