Santa Misa en Rito Hispanomozárabe

Homilía del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodriguez Plaza

Leo con frecuencia opiniones sobre la solemnidad del Corpus Christi. Se opina de
muchas cosas sobre la aparición de esta fiesta; más sobre la Procesión, en ocasiones sin
aludir a la celebración de la Eucaristía, ni cuál es su peculiaridad. Existe, pues, el peligro
de fijar la atención en aspectos respetables, pero no los más importantes: que si la
procesión tiene las características de un desfile cívico-religioso, que si la “Tarasca” y otros
simbolismos, que si pecados y demonios, que si ornamentación de las calles, que si
altares o no. Sin duda: la procesión litúrgica del Corpus, tras la celebración de esta Misa
no es espectáculo; es la presencia de Jesucristo, que se prolonga por las calles y plazas,
que recibe con alegría el Pueblo cristiano. No es algo inmaterial, que cambie. Es real.
¿Y qué sucede con quienes contemplan a Cristo en la Custodia de Arfe y no tienen
fe o la tienen con muchas dudas y poca comprensión de este misterio? Bienvenidos sean
y les pedimos respeto y un corazón abierto a la belleza, que siempre es nueva.

La Eucaristía es siempre una conmemoración de un sacrificio, el de Cristo, Víctima y Altar,
y, por ello, es también fiesta y banquete, al que Jesús nos sienta, si aceptamos su
invitación. La celebración de la Eucaristía no ha cambiado desde que, tras la Ascensión
del Señor a la derecha del Padre, la Iglesia la celebra, sobre todo el domingo, día del
Señor. Pueden cambiar los modos de celebrarla, los ritos, las lenguas de la celebración,
los cánticos y la música.

Tenemos una tradición, que procede del Señor y se nos ha trasmitido. En la noche
que Jesús iba a ser entregado, tomó pan y pronunciando la Acción de Gracias, dijo: “Esto
es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía. Lo mismo hizo
con el cáliz y recalcó: Haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía”. Aquí hay un
realismo. No estamos ante un lenguaje de sociología cultural: “Cada vez que coméis de
este pan proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. Algo le ha pasado a ese pan
y ese cáliz con el vino, que se puede recibir dignamente, pero también indignamente, de
modo que, sin saber qué se come o bebe, se come y se bebe la condenación. En el
Evangelio proclamado, Jesús habla de vida, de comida y bebida que da vida, no a la
manera del maná, que comieron los padres, sino que da vida para siempre.

¿Estas obleas y este vino, aunque sean de tan buena calidad, dan la vida? No, es
que ese pan y ese vino es la Presencia de Cristo, el mismo Cristo, que se llama verdadera
comida y verdadera bebida. ¡Qué Presencia, pues, tan atrayente y grandiosa, la de Cristo!
“En la antigua alianza había los panes de la proposición; pero, como eran algo exclusivo
del AT, ya no existen. Pero en el Nuevo Testamento hay un pan celestial y una bebida de
salvación, que santifican el alma y el cuerpo (…). Por lo cual, el pan y el vino eucarístico
no han de ser considerados como nuevos y comunes alimentos materiales (o simbólicos),
ya que son el Cuerpo y la Sangre de Cristo, como afirma el Señor; pues, aunque los
sentidos nos sugieren lo primero, hemos de aceptar con firme convencimiento lo que nos
enseña la fe” (san Cirilo de Jerusalén, Catequesis 22, Mistagógica, 1.3-6).

Pero este alimento y esta bebida son “peligrosos”, precisamente por la Presencia
de Cristo en ellos. Cuando tomamos este pan y este vino no sucede como cuando nuestro
organismo toma alimento: nuestro cuerpo lo asimila y forma parte de nosotros. Con este
pan y este vino, tomado en alimento, nosotros, cada uno, es asimilado a Cristo
Resucitado. Y esta operación puede ser buena o mala para nosotros. “Muero por todos –
viene a decir el Señor– para que todos tengan vida en mí, y con mi carne he redimido la
carne de todos”. Esta asimilación nuestra a Cristo tiene, pues, buenísimas consecuencias.
Y hay indicadores para ver cómo se da esa asimilación a Cristo. El primer indicio
es nuestro modo de mirar y considerar a los demás. En la Eucaristía Cristo vive siempre
de nuevo el don de sí realizado en la Cruz, de entrega de sí por amor. A Él le gustaba estar
con los discípulos. Lo cual significaba para él compartir sus deseos, sus problemas, lo
que agitaba su alma y su vida. En esta Eucaristía, por ejemplo, nosotros nos encontramos
con hombres y mujeres de muchas procedencias: jóvenes, ancianos, niños; pobres y
acomodados; toledanos y de muchos lugares; con gente de su familia o solos. La
Eucaristía, pues, que celebro, me lleva espontáneamente a sentirles a todos como
hermanos.

¿Y me impulsa a ir hacia los pobres, los enfermos, los que necesitan algo vital?
¿Me hace crecer en capacidad de alegrarme con quien se alegra y de llorar con quien
llora? ¿Me ayuda a reconocer en ellos el rostro de Jesús? ¿Amamos, como quiere Cristo,
a aquellos más necesitados por una enfermedad, por un problema, como la falta de
trabajo o de orientación? ¿Condeno el aborto, pero nada hago para acercarme a quien
sufre este drama?

Otro indicio es la gracia de sentirse perdonado y dispuesto a perdonar. Así es
Cristo. Mucha gente nos critica por ir a Misa: ¿Somos capaces de decirles: “Voy a Misa
porque soy pecador y quiero recibir el perdón, participar en la redención de Jesús, de su
perdón”? Los que celebramos la Misa dominical o a diario tenemos otra exigencia de
Jesús: que haya continuación entre ir y participar de la celebración eucarística y la vida
de nuestras comunidades cristianas. Cristo quiere estar en nuestra existencia e
impregnarla con su gracia, de tal modo que en cada comunidad cristiana exista una
coherencia entre Liturgia y vida.

Siempre han de renovar en nosotros la confianza y la esperanza, cuando
escuchamos estas palabras de Cristo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida
eterna, y yo le resucitaré en el último día” (Jn 6, 54). Pan vivo para la vida del mundo es
la Eucaristía; Presencia de Cristo que recorrerá nuestras calles y plazas en el fervor de
sus discípulos. Vivamos esta celebración, para vivir después nuestro acompañar a Cristo
vivo y sacramentado, puesto en esa hermosísima Custodia de Enrique de Arfe.

+ Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo y Primado de España

Redifusión para América y Asia