Principio de realidad

Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

La fe en un cierto carpintero galileo llamado Jesús, muerto y resucitado en Jerusalén “bajo Poncio Pilato” –es decir, en una pequeña provincia del Imperio gobernada por un pequeño funcionario de la administración romana- fue y es muy eficaz para que uno vuelva a poner los pies en el suelo, en la realidad. La fe en el Resucitado que es el Crucificado es demasiado detallista como para dejarnos ir flotando en las abstracciones de las “ciencias” o las “espiritualidades”. Ante todo, el hecho de la resurrección es un principio de realidad demasiado severo.

¿Qué quiero decir? Sencillamente que los que creyeron en la resurrección eran pescadores que sabían arreglar sus redes, albañiles capaces de construir catedrales, monjes hábiles en desbrozar y trabajar el campo, es decir, gente sumamente práctica y concreta. Para ellos, creer en el Resucitado era igual de sólido que plantar trigo o construir una basílica romana. Pero más sólido, ya que se apoyaban en esta fe para elevar lo mismo una bóveda que una espiga.

Los evangelios del tiempo de Pascua van en este sentido. Toman nuestras contiendas o quimeras a contrapelo. Porque, si tuviéramos que imaginarnos a un hombre que hubiera entrado en la gloria de Dios, nos lo representaríamos sin duda haciendo cosas extraordinarias: brillando más que una estrella en la ceremonia de los Óscar, haciendo malabarismos con las estrellas del cielo, estableciendo una armonía que haría que el lobo habite con el cordero y el leopardo se tumbe con el cabrito (cf. Is 11, 6).

Pero, hay que reconocerlo, Jesús resucitado no hace nada de eso, apenas realiza milagros, y si los hace, los lleva a cabo con discreción, con cautela. Sin embargo, nosotros, por el contrario, nos imaginamos que ha atravesado las paredes, ha pronunciado palabras esotéricas, que se ha presentado como un súper atravesador de murallas aureolado de luz. Nada de eso. Sencillamente ha estado allí, en el Cenáculo. Les ha dicho: “Paz a vosotros”, lo que equivale a decir buenos días, como se saludan los judíos. Ha partido el pan, ha comido pescado asado, ha compartido su comida. Les ha explicado las Escrituras. Y en lugar de hacer demostración de fuerza –doblando por ejemplo una barra de hierro con el poder de la mente– les ha enseñado sus llagas. En los milagros que Él hacía “ordinariamente”, las llagan desaparecen: aquí permanecen eternamente.

Después de todo, hay algo mejor que hacer cosas extraordinarias: iluminar lo ordinario desde el interior. Esta es la razón por la que sus actos extraordinarios no tienen como fin desviar, sino, en su origen y Providencia, llevar a lo ordinario. Cuando devuelve la vista al ciego, es para que se maraville al ver como todo el mundo. Cuando cura a la suegra de Pedro, es para que éste pueda admirar a su suegra. Cuando saca a Lázaro de su tumba es para que pueda morir otra vez con toda verdad. El Resucitado no es uno de estos superhombres. Su gloria sujeta lo cotidiano, la une a lo cotidiano. Apenas ha llegado a lo más alto con su resurrección y no encuentra nada mejor que encontrarse con sus amigos para conversar y comer con ellos. No juega con las estrellas porque las estrellas no son su juguete.

Las apariciones del Resucitado tienen un carácter eminentemente práctico: nos reconducen al amor al prójimo, nos enseñan a ver las cosas de “allá arriba”, es decir, no cosas distintas de las que ve el común de los mortales, sino las mismas cosas a partir del Espíritu Santo. Podemos admirar la victoria del Resucitado, pero nada valdría si no hubiera desaparecido de nosotros el miedo a la muerte. La glorificación de Jesús debe desembocar en la desaparición del Resucitado y el envío del Espíritu Santo, que hace vivir lo cotidiano porque “brota de” y hacia el Inefable.

Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo y Primado de España

Redifusión para América y Asia