La alegría de la Navidad

Escrito semanal del Sr. Arzobispo, D. Braulio Rodríguez Plaza

Hasta hace relativamente poco, grandes autores en sus obras literarias hablaban o describían de un modo atrayente la alegría de la Navidad, aún en medio de dificultades y dolores de la vida difícil de los pobres. Sucede lo mismo en la producción poética o en la historia de la música. Recordamos aquí, por ejemplo, a tantas narraciones navideñas, o a Charles Dickens con sus relatos sobre la Navidad y su famosa canción de Navidad. Pero antes en la tradición cristiana contenida en la producción teológicas de los Santos Padres se escriben preciosidades teológicas sobre el nacimiento de Cristo, y, ¿qué decir de las alegres y desenfadadas composiciones musicales sobre Navidad, y tantos villancicos que llegan a nosotros en este tiempo?

También un escritor como Gilbert K. Chesterton sentía la Navidad de ese modo. Pero, cuando habla de ella, este escritor católico teme quedarse en la superficie del sentimiento. Por eso bucea hasta su raíz cristiana: ¿No hacían esto los Padres de la Iglesia ni tanto pintores o músicos con melodías y alabanzas al misterio de la Navidad? Nos viene bien por ello a los católicos actuales, cuando nos deseamos Feliz Navidad, preguntarnos si tenemos que aceptar sin ningún reparo o posición crítica la “alegría” que se nos ofrece en el escenario de la Navidad: las grandes iluminaciones, las fiestas de todo tipo, los espectáculos que ayuntamientos u otras organizaciones, para pasar “unas buenas Navidades”. Yo, desde luego, no estoy dispuesto a renunciar a la alegría de la Navidad, que conmemora el nacimiento de un Niño desvalido, pero que es el Hijo de Dios, hecho carne. Pero tampoco estoy dispuesto a aceptar de modo bobalicón cuanto hay estos días en el “mercado” de la Navidad, sin pararme a juzgar qué se nos ofrece en lo que, para algunos no pasan de ser días del solsticio de invierno o fiestas de invierno.

Veamos primero qué piensa Chesterton, uno de los escritores católicos más agudos del siglo XX. Afirma este autor: “Que se nos diga que nos alegremos el día Navidad es razonable e inteligente, pero sólo si entiendo lo que el mismo nombre de la fiesta significa. Que se nos diga que nos alegremos el 25 de diciembre es como si alguien nos dijera que nos alegremos a las once y cuarto de un jueves por la mañana. Uno no puede alegrarse así, de repente, a no ser que crea que existe una razón seria para estar alegre. Un hombre podría organizar una fiesta si hubiera heredado una fortuna; incluso podría hacer bromas sobre la fortuna. Pero no haría nada de eso si la fortuna fuera una broma. No se puede montar una juerga para celebrar un milagro del que se sabe que es falso. Al desechar el aspecto divino de la Navidad y exigir solo el humano, se está pidiendo demasiado a la naturaleza humana. Se está pidiendo a los ciudadanos que iluminen la ciudad por una victoria que no ha tenido lugar”.

Gilbert K. Chesterton ya veía esa reducción de la Navidad en el Londres de finales de la tercera década del siglo XX (él muere en 1936), antes de la 2ª guerra mundial. ¿Qué diría hoy ante tanta fiesta de invierno, vacaciones de nieve, espectáculos que tienen el Nacimiento de Cristo solo como excusa? La alegría de Navidad no puede llegar si nos apartamos de la senda de la Iglesia en su Liturgia, en la celebración del perdón y de la Eucaristía; tampoco si la alegría del amor de Cristo, que nace, no nos lleva a amar y acoger a los demás, sobre todo a los más pobres, si no estamos dispuestos a vivir la justicia y rechazar desigualdades inadmisibles.

No renunciemos a la alegría de Navidad, alegría sana, familiar y bullanguera, la que conocimos reunidos con los amigos y los vecinos, que nos permite gozar de la fiesta de modo genuino, sin tantos artificios. “Alegraos siempre en el Señor; os lo repito, alegraos (…) El Señor está cerca” (Flp 4, 4-5). La palabra “alegría” es sin duda un concepto fundamental del cristianismo, que por su propia esencia es y quiere ser “Evangelio”, Buena Noticia. A pesar de ello, el mundo está confundido con el Evangelio y con Cristo precisamente en este punto, apartándose del cristianismo en nombre de la alegría, que él, con sus infinitas exigencias y prohibiciones, habría arrebatado al hombre. No, no es tan fácil ver la alegría de Cristo como el placer banal procedente de algún goce.
Con todo, sería falso interpretar las palabras “alegraos en el Señor” con el significado de “alegraos, pero en el Señor”, como si de este modo debiera anularse en la oración subordinada lo que se había dicho en la principal. Se dice “alegraos en el Señor”, por la sencilla razón de que san Pablo cree evidentemente que toda verdadera alegría está contenida en Él y que fuera de Él no puede haber regocijo auténtico. Así lo creo yo también: la alegría viene con Cristo que nace y trae el Reino de su Padre a una tierra que muere de tristeza. Feliz Navidad.

Braulio Rodríguez Plaza
Arzobispo de Toledo y Primado de España

Redifusión para América y Asia