Domingo de Lázaro

Escrito semanal del Sr. Arzobispo de Toledo, D. Braulio Rodríguez Plaza

El calendario hispano-mozárabe se refiere al domingo V de Cuaresma de este modo: “Misa de Lázaro”. Sin duda, la razón está en la lectura del evangelio de ese domingo que narra la resurrección de este amigo del Señor, hermano de Marta y de María. También en el rito romano, en el ciclo llamado A que leemos este año, la larga lectura de Jn 11,1-45 describe esta resurrección del que llevaba “ya cuatro días enterrado”. Aquí hay un dato que no es casual: en el domingo V de Cuaresma estamos justamente a 15 días de la Vigilia Pascual y del domingo de Pascua. Con otras palabras: ese es el día bautismal por excelencia, y el Bautismo es “como una resurrección de entre los muertos”.

Para los ya bautizados, pero sobre todo para los que en esa noche santa de la Vigilia o en el domingo de Resurrección reciben los sacramentos de la Iniciación Cristiana (Bautismo, Confirmación y Eucaristía), esta narración de Lázaro resucitando y resucitado por Jesús es como sentir un asombro ante la vida que Cristo nos dio y nos da. ¡Qué lejos de lo que normalmente sentimos cuando pensamos en nuestro propio bautismo al renovarlo en la noche pascual! El panorama que se abre a aquellos que son alcanzados por Cristo en el Bautismo es asombroso, pues su vida resucitada nos llena de una alegría sin par, de sentirse liberados y en medio de la luz de la fe. Si pensamos lo que es la vida plena y lo que es la muerte y la diferencia entre una y otra, podemos vislumbrar lo que por el Bautismo hace en nosotros el Resucitado.

Nos ayudaremos con los textos bíblicos de este “domingo de Lázaro”. La lectura de la profecía de Ezequiel es el final de un precioso capítulo llamado “visión del valle de los huesos”. Son éstos huesos humanos completamente secos, en los que la palabra del Señor infunde espíritu vivificador, que hace crecer en ellos la carne, los tendones y la piel; los huesos, así, se unen para formar un ser inerte, pero que, al soplo divino, viven de nuevo. “Estos huesos son la entera casa de Israel”. Ahora entendemos las palabras de la primera lectura: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros… Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis”. Pero san Pablo dice más en la segunda lectura de este domingo (Rom 8,8-11): “Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales”.

Cuando Jesús enseña a sus discípulos aparece con nitidez una insistencia que sorprende: Él ha venido para darnos vida, y vida abundante, no cualquier vida. Quiere que nosotros vibremos ante la nueva vida que nos trae, que la muerte física no puede apagar, porque el que cree en Él, aunque nuera, vivirá. Por eso, cuando más tarde san Pablo escriba a los cristianos de Roma, les dirá que la reconciliación de los hombres que trae el perdón y la justificación del resucitado es “como una resurrección de entre los muertos” (Rom 11,15). Ese es el ser de los cristianos, resucitados que han recibido la vida nueva de Cristo en su iniciación cristiana por los tres sacramentos pascuales del Bautismo, la Confirmación y la Eucaristía.

Los catecúmenos, que preparan ya esa celebración única de la Vigilia Pascual pocos días antes de su bautismo, al escuchar el relato de la resurrección de Lázaro tienen la oportunidad, pues, de vivir anticipadamente las grandes cosas que hace y hará el Señor en su vida en pocos días. ¿Y nosotros, los que ya hace tanto o tan poco tiempo que hemos sido bautizados con la fuerza del Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos y nos podemos sentar cada domingo a la mesa de la Eucaristía? ¿Por qué no preparar con más intensidad nuestra renovación pascual con la confesión de nuestros pecados, la lectura asidua de la Escritura y la oración intensa? ¿Para cuándo vivir la preparación a la Pascua?

Quiero traer aquí unas palabras bellísimas de san Efrén (siglo IV): “Cuando preguntó : ¿Dónde lo habéis puesto?, los ojos de nuestro Señor se llenaron de lágrimas. Sus lágrimas fueron como la lluvia, y Lázaro es como el grano, y el sepulcro como la tierra. Gritó con voz potente, la muerte tembló a su voz, Lázaro brotó como el grano, salió y adoró al Señor que le había resucitado. La fuerza de la muerte que había triunfado después de cuatro días es pisoteada para que la muerte supiera que al Señor le era fácil vencerla al tercer día; su promesa es verídica: había prometido que Él mismo resucitaría al tercer día” (Comentario al Diatessaron, 17,7-10).

+Braulio, Arzobispo de Toledo. Primado de España

Redifusión para América y Asia