Aguardamos la manifestación de Nuestro Señor Jesucristo

Escrito semanal del Sr. Arzobispo, D. Braulio Rodríguez Plaza

Necesitamos empezar muchas veces; es nuestra condición humana. Pero iniciar es algo grande y siempre atrae. Hoy iniciamos el tiempo de Adviento y, casi sin darnos cuenta, estamos de nuevo en otro Año litúrgico. De manera inmediata nos preparamos para la gran fiesta de la Navidad, en que recordamos el misterio de la encarnación de Jesús. Pero, como el Señor ya vino, el Adviento tiene también el sentido de prepararnos para su vuelta definitiva. El primer domingo de la espera tiene justamente iluminar este aspecto del tiempo de Adviento/Navidad hasta el día del Bautismo de Cristo. Les invito a que lean despacio las lecturas de este día 3 de diciembre.

¿Qué esperamos, hermanos? Las noticias hablan muchas veces de las esperanzas de los hombres. Son esperanzas legítimas: que se va a conseguir una nueva vacuna o medicamento; que mejore el clima, porque estamos mal, con cambios climáticos que nos asustan; que la ciencia explique o consiga dominar fenómenos que nos aterran. En las familias se da el anhelo de que se solucione un problema, de conseguir un trabajo o de recuperar la salud de alguno de sus miembros. Es propio del hombre esperar, y cuando se consigue un bien, se espera otro mayor. Lo conseguido abre el horizonte de lo que ha de venir.

¿Será así también entre nosotros cuando nos proponemos vivir la fe y dar testimonio de Cristo? En este tiempo nuestro, que es el que sigue a la resurrección de Jesús, en el que se alternan de forma continuada momentos de serenidad con otros angustiosos, los cristianos –dice el Papa Francisco- no se rinden nunca. En una reciente catequesis de los miércoles (el 11 de octubre último), indica él que el Evangelio recomienda ser como los siervos que no van nunca a dormir, hasta que su jefe no haya vuelto. Este mundo exige nuestra responsabilidad. Jesús quiere que nuestra existencia sea trabajosa, que nunca bajemos la guardia, para acoger con gratitud y estupor cada nuevo día que Dios nos regala. Cada mañana es una página en blanco que el cristiano comienza a escribir con obras de bien. Se nos pide, pues, una dimensión de espera vigilante. La pide Cristo. En el evangelio de hoy, mediante la parábola del hombre que se fue de viaje, Jesús nos envía un mensaje claro: velad.

¿Cómo debemos hacerlo? He aquí una piedra de toque para nosotros, católicos de esta hora. Todo nos parece muy difícil; lo que pide de nosotros Jesús es para héroes: ¿pedirles a los jóvenes que sea consecuentes con su fe, cuando el mundo va por otro lado? ¿Pedir a los padres que se sacrifiquen por sus hijos y sean ante ellos coherentes y enseñen con su ejemplo? ¿Pedir a los profesionales y a los políticos cristianos que vivan lo que su fe les muestra para ser fieles al Evangelio? ¿Pedir a nuestros sacerdotes que convenzan con paciencia a padres que pretender una iniciación cristiana inaceptable para sus hijos, con los clásicos “arreglos” que tantos demandan porque hoy no se puede ser tan exigente? ¿Cómo llegar a ser semejantes a aquellos siervos que pasaron la noche con los lomos ceñidos y las lámparas encendidas? Eso es lo que dice la Doctrina Social de la Iglesia. Hemos de sentir que ya hemos sido salvados por la redención de Cristo, pero ahora esperamos la plena manifestación de su señorío, el reinado de Dios sobre nosotros.

El Santo Padre nos indica en su catequesis que el cristiano no está hecho para el tedio; en todo caso, para la paciencia. Sabe que también en la monotonía de ciertos días siempre iguales se esconde un misterio de gracia. Hay personas que con la perseverancia de su amor se convierten en pozos que riegan el desierto. Hay que animarnos a apoyarnos en la fortaleza que nos el Espíritu Santo para mantener el testimonio de la fe. Ninguna noche es tan larga como para hacer olvidar la alegría de la aurora. Y cuanto más oscura es la noche, más cercana está la aurora. Si permanecemos unidos a Jesús, el frío de los momentos difíciles no nos paralizará. El cristiano ha de saber siempre que, aunque el mundo entero predica contra la esperanza y dice que el futuro del cristianismo traerá solo nubes oscuras, en el mismo futuro está en el retorno de Cristo, que al final de nuestra historia esta Jesús Misericordioso para tener confianza y no maldecir la vida.
Después de haber conocido a Jesús, nosotros no podemos hacer otra cosa más que escrutar la historia con confianza y esperanza. Cristo es como una casa y nosotros estamos dentro y desde las ventanas de esta casa miramos al mundo. Por eso, no nos cerramos en nosotros mismos, no lamentamos con melancolía un pasado que parece dorado, sino que miramos siempre adelante, a un futuro que no es solo obra de nuestras manos, sino sobre todo es una preocupación constante de la providencia de Dios. Con María esperamos a Jesús; digamos con ella las palabras Marana tha, que encontramos en el último versículo de la Biblia: “Ven, Señor Jesús” (Ap 22,20).

+Braulio, arzobispo de Toledo

Redifusión para América y Asia